Los Malditos Zamoranos (II): Juan Nicasio Gallego

¿Conocíais a Juan Nicasio Gallego? Yo tampoco. Pero tiene página en la Wikipedia inglesa. Ahí es nada.

Como ya he dicho otras veces, lo que más me gusta de indagar en el pasado literario de nuestra tierra es descubrir y acercar a los autores que han sido más injustamente tratados por el tiempo y el overbooking en las estanterías.

Y este me parece un claro caso, pues pese a ser una de las voces clave de la Ilustración Española no se suele glosar (ni yo mismo lo hacía) cuando se habla de lo mucho y bueno que ha dado nuestra bien cercada a las letras.

Zamorano de nacimiento, protoestudiante de la USAL, diputado por Zamora en las Cortes de Cádiz, clérigo ilustre, liberal, presidiario de Fernando VII, académico y poeta clave en la Transición del Neoclásico al Romanticismo, de Moratín a Espronceda, a caballo, como el espíritu de la época, entre la luz y la tiniebla. Defendió la corriente doceañista y participó en la redacción de “La Pepa”, jugando un papel clave en el primer reconocimiento de la libertad de imprenta y en las comisiones que trataron la abolición de la esclavitud y del Santo Oficio.

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«Juan Nicasio Gallego está considerado como uno de los tres poetas clave en el paso del siglo XVIII a XIX, junto a Manuel José Quintana y a Alberto Lista. Su corpus poético está formado por elegías, odas, epístolas y sonetos, modélicos en su factura.” En palabras de la catedrática de Literatura Española Ana María Freire López.

Y tiene una cosa muy guay, que como palmó hace ya más de cien años sus obras son de dominio público. Así que puedo enlazarlas sin más y ustedes pueden clicar sin más sin que nadie nos acuse de querer robarle su maldito dinero.

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Su pasión de abismo

“A la estulticia humana” dedica Jesús Hilario Tundidor su gran poemario “Tejedora de azar”. No vamos a negar que es un tema que da mucho que hablar a los poetas.

Un poemario que se me hace difícil determinar, desde el color grisáceoverdoso de su portada (en esto influye mi daltonismo) hasta en su temática y estilo, por cuanto es un poemario en el que, como recoge el propio autor en el subtítulo (“poemas exentos”) y en la nota introductoria “Palabras preliminares”, trata de poemas reunidos pero independientes entre sí.

Cuando lo tienes en la mano por primera vez puedes pensar que te lo ventilas en tres cuartos de hora. Error. Es una lectura densa y exigente con el lector, en la que prima lo intelectual sobre lo emotivo, que aparece a ráfagas cálidas y esporádicas. Junto a Apolo, Eros, Deméter, Perséfone, Artemisa (que ha cazado una sección para ella sola) viajamos por un entramado de visión cósmica, a veces naturalista y a veces fieramente humana, introspectiva, en la que la levedad de las palabras va pesando al reunirse. El autor vindica la palabra como elemento fundador del poema y del lenguaje y la explota con paladar exquisito y selectivo. Si no tienes que tirar de diccionario en su lectura puedes sentirte muy orgulloso de tu vocabulario. Un libro para leerlo despacio, saborearlo y reflexionar.

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Se prohíbe mirar el césped, una aproximación

Cuando Marta Ruiz de Viñaspre se levantó de la camilla, con el torso desnudo y con una tenebrosa locución radiofónica de fondo, supe que estábamos ante una propuesta teatral que, como poco, nos aproximaría hacia el vértigo. Un vértigo al que sólo puede acercarte la poesía descarnada y sin miramientos de Alejandra Pizarnik. O la muerte.

La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte

Se prohíbe mirar el césped en la Sala de Cura

Se prohíbe mirar el césped en la Sala de Cura

“Se prohíbe mirar el césped” cuenta, a través de una sucesión de versos, poemas y citas de diarios personales, los últimos meses en la vida de la poeta argentina, mientras agonizaba en el Hospital Pirovano de Buenos Aires. Allí escribió uno de los poemas más intensos, avasalladores y creativos de la poesía escrita en nuestra lengua. Un ejercicio de incontinencia que dinamitó el concepto de poesía y que sirve, sin embargo, para sustentar el universo recreado en el espectáculo.

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Los malditos zamoranos (I): Justo Alejo

Lo primero: no tengáis amigos documentalistas. Es un jaleo.

Lo segundo: Hace un tiempo me pasaron esta historia de un malogrado poeta zamorano, cuya vida y obra conocía apenas de oídas y al indagar algo más en su figura he encontrado referencias y artículos de grandes capos de nuestras letras, entre ellos José Miguel Ullán y Clara Janés, alabando la trayectoria de este paisano nuestro de Formariz de Sayago. En uno de estos artículos, Manuel Rico lamenta su muerte prematura y “la entidad que habría alcanzado su obra de haber podido madurar plenamente en las décadas posteriores.”

Justo Alejo

Justo Alejo

Sayagués de nacimiento, psicólogo y militar, ávido lector de César Vallejo y Francisco Pino, crítico, agitador y columnista literario, colaboró con múltiples proyectos culturales y revistas divulgativas de provincias, siendo una figura a la que rendir pleitesía desde la filosofía Buscarruidos. Alejo encaja en el perfil del genuino “poeta maldito” de Zamora, por su espíritu crítico y vanguardista, su trágico final y el olvido posterior de su obra.

No es una frase hecha decir que estuvo rodeado de controversias desde su nacimiento hasta su muerte. Es algo literal.

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Por los puentes de Zamora

Zamora no sólo ocupa un lugar de excepción en la Literatura Española por los muchos y grandes escritores que ha visto nacer y albergado, sino por su propia presencia en algunas de las obras más icónicas de nuestras letras. Los lugares y nombres que conforman una vida se salvan sólo a través de la obra y Zamora ha quedado inmortalizada desde el Romancero hasta nuestros días.

El poeta bilbaíno Blas de Otero, uno de los máximos representantes de la Poesía Social de los 50, es uno de los autores en los que la ciudad del Románico ha dejado su poso de niebla y arte.

“El Duero. Las aceñas de Zamora.
El cielo luminosamente rojo.
Compañeros. Escribo de memoria
lo que tuve delante de los ojos.”

Otero, coetáneo de Claudio Rodríguez y gran amigo del escultor zamorano Ramón Abrantes, escribía estos versos en su “Pido la Paz y la Palabra”.

El propio don Claudio los referenciaría años después en un poema titulado, precisamente, “Blas de Otero en el taller de Ramón Abrantes, en Zamora.”

“Sí, entre el barro / y el alma, / cuando la luz se hacía mediodía / y el manantial, y el cielo / “muy luminosamente rojo”, como dices, / entonces, a dos pasos, / se abría el puente y abrazaba el agua, / tan íntima y fecunda, / y la tejía entre sus ojos limpios, / y la amasaba libre, / con el molde sudado y respirado, / junto con los amigos.”

En el poema “En el corazón y en los ojos” se nos brinda una enumeración de topónimos rurales, muy del gusto de la poesía social castellana, en la que el afán recopilatorio del poeta realista y apegado a su tiempo se entrecruza con ese tono intimista reservado a las ciudades que se te meten en el alma nada más nacer.

“Plaza de Santa María la Nueva.

Una

paloma en la espadaña.

Inhiesta.

Pura

palabra, hiriendo el cielo.

Villaralbo.

El aire

se desnuda…

También escribe don Blas en “Que trata de España” que “Zamora era de oro, / Ávila de plata.”

No sabemos si hay una gradación olímpica en ello ni si los imagineros estarán muy de acuerdo en que el oro sea el metal más adecuado para identificar a Zamora pero, en cualquier caso, parece un halago.

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Y si hablamos de este idilio entre Blas de Otero y Zamora, no pueden faltar sus versos dedicados a los puentes de nuestra ciudad, que aparecen en múltiples poemas:

“Crepúsculo y aurora.
Puentes de Zamora.
…”

“Puente de piedra, en Zamora,
sobre las aguas del Duero.

Vieja piedra cansada
de ver bajo tus arcos
pasar el tiempo.”

“Por los puentes de Zamora,
sola y lenta, iba mi alma.
No por el puente de hierro,
el de piedra es el que amaba.
A ratos miraba al cielo,
a ratos miraba al agua.
Por los puentes de Zamora,
lenta y sola, iba mi alma.”

Hoy tendría que añadir otro puente al romance: El que es por muchos llamado “Puente de los Poetas”, para cerrar el círculo.

Miguel Pérez Martín

Delatando labores secretas (y II)

(Para leer la primera parte, pincha aquí)

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La segunda sección se adentra en el territorio de lo metapoético, haciendo “repaso de un oficio”.

“Lo mismo que a unos huéspedes que llegan/salpicados de frío, buscas vano/ acomodo entre las sábanas/ heladas del poema.”

Destaca el poema “Aprendizajes”, dedicado a otro destacado poeta zamorano, Ángel Fernández Benéitez, que el autor continúa reivindicando en su apartado de http://lasafinidadeselectivas.blogspot.com.es/

“ En él ya estaba contenida una mirada y una posición ante el mundo, que comenzaban por una negación frontal a lo consabido y que terminaban eligiendo las formas de lo inadvertido, de lo provisional, de lo intermedio como soluciones para despedazar las leyes de la corrección, que tanto han empequeñecido a la persona.”

“Memorandum”, que así se llama la segunda sección, nos muestra al poeta concediéndose a sí mismo un “Ultimátum”:

“Te lo repito: que un tiempo miserable/gane tu casa, ahuyente tu carnaza/si te sigues vendiendo a las palabras.”

Y entre sabios aforismos (<<Mide bien tus palabras>>, era sólo/otra noble razón/ de invitarme a callar poquito a poco.), concluye (Y del encontronazo, una enseñanza:/mengua el asombro cuanto crece el hábito.) 

La tercera sección, numerada bajo un solo título: “Comarca levantada a un solo grito”, nos muestra un sujeto más omnisciente y simbolista que reflexiona sobre los mismos temas: el vacío interior y el paso del tiempo, con una visión más naturalista y abstracta y menos pasional, aunque no por ello menos doliente. Los objetos y anécdotas de la primera sección se han desmaterializado e integrado en versadas conclusiones vitales.

Comienza con un romance enérgico y pesimista con ecos manriqueños sobre el inexorable paso del tiempo.

Se me tropiezan los años/más adentro, más adentro;/quieren salir a la calle/como veintitantos presos/que se hubiesen levantado/a un solo grito del suelo,/y yo los oigo, y quisiera/callarlos pero no puedo/dominar esta comarca/hasta la altura del miedo.

 Y continúa con nueve poemas, en torno al pasado, al doble filo del recuerdo y a la antítesis esperanza-resignación y cómo se concilian a golpes en los versos.

[Entre aquí sin aviso, como una vena clara/de luz que se ha colado por una celosía,/la esperanza de nuevo/…. ahora que me hace falta/ como a un cuchillo un pecho para ponerse a salvo/del daño de la luz.]              

 [Y que del tiempo nunca se pretenda/el vacío que aún queda de la hoja/proclamando la presencia en la rama.]

[La memoria es un grifo malcerrado/donde el pasado vela.]

[Porque es en la carencia/donde habrá que buscar aquello que perdure;/ vivir de negaciones será entonces lo mismo/que mantener ardiendo, vacío un almacén.]

[… una de tantas/resacas que la vida nos regresa/como pájaros dados por deshechos,…/ Afortunadamente, está el olvido/que hace de aquellos actos copos de humo.]

[Queda asignado/a cada cuerpo un nombre, una noción/violenta que lo llama, lo da uso/como a vasijas huecas llega el agua/sin espantar su cauce/…/Mérito de la luz la permanencia.]

[Pasan muy pronto los años, las horas/son las que pasan lentas.]

[Cómo no/gemir cuando lo que nos pertenece/se desmaya en la voz de la memoria,…/ Mejor que desvanezca, que perdamos/lastre como sudor que se escapase/sin orden, sin cuidado y sin embargo.]

Y culmina la obra con esa aceptación de la propia intrascendencia que trae por fin la paz.

[Quedará el alma tal como queremos:/como alcázar roñoso donde acuden /aves nocturnas, y sin otra treta/que el rumor persistiendo entre sus zócalos/de un vuelo de polillas que se aburren.]

Y para evitar eternizarme con los deliciosos sintagmas, antítesis, imágenes, comparaciones y metáforas (“el abrazo doméstico del moho”), los brillantes retratos de la meteorología, el paisaje castellano y el costumbrismo (“o la lengua del frío deje azules mis labios/como inútiles armas.”); el alto nivel de las citas, siempre pertinentes: Cernuda, Aleixandre, Berceo, Rosales, etc… Me despido simplemente con este inmenso poema de la primera sección y que, personalmente, considero uno de los que mejor refleja el “ethos” de la obra.

Jugaba al tute, está claro.

[JUEGOS DE AZAR

Paso la lengua ahora,

como un cepillo dulce y doloroso,

por sobre aquellos años de caída.

Y de aquel hundimiento silencioso

sólo emerge un rumor, una luz clara

de gastado cartón que se va en forma

de triunfo o de desahucio

mientras dura su vida lo que un latido dura

tras la mano en el pecho.

Qué agradecido

ahora estoy a aquellas tardes de baraja,

entre amadas figuras que emplearon

su valor para mi vida

entregándose al gasto de mis manos:

oros picados como espejos

secos de luz, caballos

cuyos ojos manaban zumos lentos, los venerables

gestos de un rey solo, la mella de una espada,

copas mal desteñidas, la tristeza

de un paje desarmado a punto de anunciar

al condestable que una guerra es perdida…;

 he ahí todo mi salario: cuatro palos

que cada tarde salían a esperarme

el corazón hecho cenizas o isla.

Entonces no había finca

ni patria que me diera calma como esas sombras,

porque ellas

siempre me hablaron más claro que ninguno,

nunca fueron mudez: tras de su paso

siempre llegó cobranza (acierto o amargura).

Jamás hubo silencio en ese tráfico

sino sabia tarifa, eco que se entregaba

de una vez.

Sin levantar ni un humo.

Quiero hoy que sea mi vida

como aquellos inviernos

detenidos en torno de esta industria: montón

de cartas secas,

despojadas de luz pero tan limpias

al fondo de los gestos…

O mejor como ellas, como las propias

cartas siempre en mudanza

dispuestas al adiós; no a la firmeza.

Y quienes abracé en aquellos años

con abrazos sin cáscara, olorosos y limpios,

sepan ya que mi deuda

es tan sólo con la eterna postura

de aquellas figurillas azarosas

porque nadie supo decirme como ellas

lo que iba a ser el sino

fatigoso del resto de mis días:

arrastrar, arrastrar, arrastrar mucho.]

Tomás Sánchez Santiago

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P.S: El autor escribe al final del libro “Las diferentes maneras de escribir que se contienen en el libro no se concilian, por responder a niveles muy lejanos entre sí en la única superficie de la escritura. No se conocen, pues. ¿O acaso una ternilla sutil las enmaroma dulcemente concediéndoles una cohesión que ni el propio poeta sospechó mientras la faena iba tomando tamaño por encima de los rostros deseados, la grima del verano, las esperas inútiles…” Yo estoy por lo segundo ¿Y vosotros?

Miguel Pérez Martín

Delatando labores secretas (I)

Una de las cosas que más me estimula de participar en este proyecto es la posibilidad de descubrir, a mí mismo y a los demás, pequeñas joyas, marginales en la cultura colectiva, que hayan creado los escritores de esta tierra.

Hoy vamos a hablar de “La Secreta Labor de Cinco Inviernos”, de Tomás Sánchez Santiago [(1978-1983) (El poemario, quiero decir, él sigue vivo y tiene más de cinco años)].

El adjetivo del título le viene al pelo, pues si bien T.S.S. es una personalidad ampliamente reconocida de las letras zamoranas y españolas con obras ubicuas como “Calle Feria” o “En Familia”, este libro es una reliquia insólita que ha desaparecido por completo del mapa. Y es una maravilla.

Es un libro que me llegó de oídas en una conversación sobre el autor y que no cejé hasta tener entre mis manos, aunque fuese de prestao (gracias, Carmen). Si todo sigue como entonces, lo siento pero no lo vais a encontrar ni en el mercado negro. Razón de más para que hoy tratemos de darlo un poquillo a conocer.

Escrito en verso blanco y libre, con querencia hacia el endecasílabo, evidente en algunos poemas, alterna métricas tan variadas como la del romance y algunos textos cercanos a la prosa poética, en la parte final del libro. Se trata de un poemario introspectivo y grave en el que la fenomenología costumbrista del interior de Castilla (y sus inviernos) se enreda con un sujeto lírico decadente y apesadumbrado que conserva una chispa de ternura hacia lo contingente.

Y considerando que ya he soltado bastante ampulosidad intelectual como para justificar que me hayan encargado esta sección, adentrémonos en esta obrilla de arte de 1985.

La secreta labor de cinco inviernos

El libro consta de tres secciones y arranca con un preludio titulado Poética de invierno” en el que el autor expone la transformación que supone toda aclimatación, también en la poesía; ya que los meses de invierno “Nunca han abierto/ su pecho a mi medida”. Concluye declarando que “Me basta/ocupar la fama mala de estos meses/con palabras/robadas entre todos,/y a sabiendas/de que nada es seguro/en este reino; y menos todavía/flotar en su ceniza.”

La primera sección, titulada “Historia de una asfixia”, es la sección que contiene los poemas más líricos y con un sujeto más intimista, girando en torno a lugares biográficos comunes, con los que fácilmente el lector se identifica, como el desapego hacia lo antes propio, la fidelidad, el amor y el desamparo de una vida en la que éste se demora indefinidamente, el tiempo ayer de ocio que se nos antoja malgastado o el envejecimiento propio y de los padres. Hay un sentimiento reflejo, muy humano, por el que cada decadencia que advertimos en nuestro hábitat proyecta en nuestro corazón nuestra propia decadencia con un toque de angustia existencial que ya el propio título revela. En medio de la asfixia hay algunas bocanadas de aire fresco celebrando la comunión que supone tiritar unidos.

Merece la pena rescatar aquí algunos versos del poema “La soledad es el invento más rentable”:

Y seguirán cayendo, como astros, escamas/de escayola, limaduras al suelo que emulan compañía.”

Entusiasmado,   / enviarás la mirada hacia los goznes/y hacia las mejillas descansadas; suspenderás/el orden del aliento, el brillo del sudor/ se hará espuma en el hoyo de los poros/…./ pero al fondo, el salón/ se repite en el silencio/como el agua en el agua:/nadie ha comparecido.”

“El último cartucho” nos muestra de nuevo esa zozobra del que se va alejando con la imposibilidad de rectificar y la consciencia abrumadora de lo limitado de su tiempo, en medio de la que el sujeto lírico llama a “quedarse siempre” no sabemos si a un amor, a una época, a su vida, o a todo. . “Escúchame:/es muy triste vivir entre palabras;   meses como atalayas/me vigilan de noche, saben muy bien que he de pasar por ellos”

“Qué daría y qué no por volver a tenerte y tenerte/ en algo más vacío que la memoria (en un cuarto más/ agradable que éste, donde hubiese acampado en tonos malva/ tu juventud y no   la áspera fibra de este hule).”

En algunas de estas ideas se insiste en el poema “Días de lluvia y ropa vieja en mil novecientos setenta y pico”, con una visión más afectuosa, erótica y apaciguada en el recuerdo:

[así de lento (arroyo de mercurio) el tiempo transcurría/ por debajo/sin pisarle la espalda, sin secarle/los fondos de la lengua,/¡y quién pudiera de nuevo/saber de su saliva, volver a hallarla/ dura o salada como un fruto/fugaz por las encías!”]

Esta salvación se referencia también en el poema “Los años y el tabaco”, que, como curiosidad, está dedicado a un tal Claudio Rodríguez, que igual os suena.

“y salva el tejido del pulso, la urna/donde entoñaste la alegría/ bajo un ciprés comido de la lluvia.” “por mucho que/los años y el tabaco/nos han dado este aspecto/consentido/de barcas despintadas que derivan/sobre un fondo morado de resinas.”

En esta sección se encuentran también los poemas “A esa ciudad, oscura como un trueno”, crónica y visión de nuestra Zamora (“y tú preguntas/lo que nadie sabe:/si es la ciudad o el cielo quien avisa.) y “Mi padre se hace viejo”; el que, en opinión del que escribe es el mejor poema del libro, y el autor debe pensar también parecido, puesto que lo ha repescado en posteriores obras (para leerlo, pincha aquí).

(La semana que viene os dejaremos la segunda parte)

Miguel Pérez Martín