Se prohíbe mirar el césped, una aproximación

Cuando Marta Ruiz de Viñaspre se levantó de la camilla, con el torso desnudo y con una tenebrosa locución radiofónica de fondo, supe que estábamos ante una propuesta teatral que, como poco, nos aproximaría hacia el vértigo. Un vértigo al que sólo puede acercarte la poesía descarnada y sin miramientos de Alejandra Pizarnik. O la muerte.

La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte

Se prohíbe mirar el césped en la Sala de Cura

Se prohíbe mirar el césped en la Sala de Cura

“Se prohíbe mirar el césped” cuenta, a través de una sucesión de versos, poemas y citas de diarios personales, los últimos meses en la vida de la poeta argentina, mientras agonizaba en el Hospital Pirovano de Buenos Aires. Allí escribió uno de los poemas más intensos, avasalladores y creativos de la poesía escrita en nuestra lengua. Un ejercicio de incontinencia que dinamitó el concepto de poesía y que sirve, sin embargo, para sustentar el universo recreado en el espectáculo.

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La Milker Band: caminos de baldosas amarillas

Todos pensábamos en Prince. Nos habíamos creído su historia, su leyenda, lo que nos había contado la televisión durante todo el día. Y se aprovecharon de ello para rompernos los esquemas en toda una demostración de actitud, de puesta en escena, lo que, comúnmente, se reconoce como “tablas”.

Queríamos rendir homenaje a un genio recientemente fallecido. No hablamos del genio de Mineápolis, hablamos del genio de Malasaña. Nosotros somos más castizos, como Manolo Tena. Y comenzó a sonar Marilyn Monroe, de Manolo Tena. Una versión trabajada y adaptada al universo Milker Band, al rock urbano de tintes clásicos y arreglos contemporáneos con el que muchos de nosotros seguimos disfrutando.

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El oficio más viejo del mundo

¿Cuál es el significado de las librerías en el imaginario colectivo? A esta y a otras preguntas se enfrenta Jorge Carrión en su ensayo “Librerías”, un volumen editado por Anagrama en 2013 que se ha convertido, a estas alturas, en un alegato en defensa de las librerías. Se trata de un recorrido espacio-temporal por diferentes establecimientos de medio mundo que han resultado, a la postre, trascendentales en la vida y obra de muchos escritores.

Carrión traza un peculiar viaje en el que construye una auténtica cronología sobre la historia de las librerías, de cómo han evolucionado hasta nuestros días y cuál es su papel en plena era digital. Por qué las librerías se convirtieron en emblemas culturales y en centros neurálgicos para la expresión artística de las ciudades donde ejercen su actividad. Una actividad que trasciende, con mucho, el propio ejercicio de la venta de libros.

Este ensayo es clarificador y desprende un brote nostálgico de una vida que, tal vez, haya desaparecido, pero que ensalza el trabajo dedicado y apasionado del librero, un oficio en vías de extinción que, sin embargo, parece gozar de un prestigio y un valor romántico de suma importancia, al menos, entre quienes gozamos escrutando anaqueles y contraportadas, en busca de ese libro que llevarnos a casa como un tesoro.

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Cervantina, una droga dura

Puede que ese lugar de la Mancha de cuyo nombre ninguno nos acordamos, esté más cerca de lo que creíamos, tan cerca, que lo llevamos dentro. Y nos acompaña y nos acusa como bien apuntalaba en sus versos el legendario Claudio Rodríguez.

Se cumplen 400 años de la muerte de Cervantes y, a falta de homenajes oficiales, a falta de un discurso justo y cabal desde el Ministerio de Cultura, nos conformamos con una representación teatral -acaso la política no lo es- que nos haga sentir que hemos cumplido con el expediente. Que nosotros, como ciudadanos cultos y burgueses que somos, sí hemos rendido la pleitesía que desde otros púlpitos se niegan al genio español.

Un momento de la representación de "Cervantina". Foto: Facebook del Teatro Principal de Zamora

Foto: Facebook del Teatro Principal de Zamora

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El mapa de América

Valencia no es California y Vigo no se parece a Nueva York. Estados Unidos es la inmensidad y aquí, como quien dice, acabamos de descubrir el baloncesto y las baterías de litio. Ninguna de nuestras universidades figura en lo alto de la lista. Salamanca no es Yale ni Granada puede compararse con Harvard. Pero tal vez -y recalco el tal vez- la meseta castellana sí se reconozca en las grandes llanuras de Norteamérica.

Un momento del concierto de Ángel Stanich capturado por @zamoraocio.es https://www.instagram.com/p/BCRMW5-RVS4/

Un momento del concierto de Ángel Stanich capturado por @zamoraocio.es https://www.instagram.com/p/BCRMW5-RVS4/

Enormes campos de cereales amarillos mecidos por el viento del norte. Pueblos dispersos como casitas de Monopoly y una mentalidad marcadamente conservadora, anclada a una patria que quizá no se corresponda con la terca realidad. Cierta nostalgia endémica a la que los habitantes del lugar llaman historia o el demonio. Una inquebrantable fe en el Altísimo a pesar de la blasfemia. La importancia del folk en la vida cotidiana, en las costumbres, en la cultura que palpita bajo las faldillas de la mesa camilla.

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Caeiro o cuando el Rock and Roll dejó de ser suficiente

En una ocasión Bob Dylan me lo confesó: “el rock and roll no era suficiente… Había frases pegadizas y un ritmo contagioso, pero las canciones no eran serias o no reflejaban la vida de un modo realista”. Por supuesto, yo no le creí. No del todo. Porque por entonces, para mí, no había nada más serio que el rock and roll.

Pero el bueno de Bob, que por entonces ya no bebía y apenas señalaba algunos versículos de la biblia, añadió: “cuando me metí en la música folk era una cosa más seria. Las canciones estaban llenas de tristeza, de triunfo, de fe en lo sobrenatural y, por supuesto, tenían sentimientos más profundos. Por eso lo hice.” Y entonces pulsó el play y comenzó a sonar una vieja grabación no oficial de la célebre “Blowin’ in the wind”.

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El otro viernes, mientas caminaba despacio hacia el escenario del Café Universal, pensaba en aquellos encuentros con el tío Dylan en aquella cafetería de Mineapolis. Sonaba una canción popular zamorana, el “Bolero de Algodre”, interpretada por Caeiro, una formación local integrada por el percusionista Javier Martín Denis, el guitarrista Sergio Portales y Alberto Aliste, guitarra y voz.

Y una vez arriba, lo supe: Dylan tenía razón. Aquella versión del clásico era pura magia, una dulce música que se deshacía en el paladar. Sobre ella, con el único ánimo de no estropear el momento, recité unos versos de amor.txt, mi último poemario publicado. Nunca es fácil poner palabras a la magia, salvo cuando estas no delimitan, simplemente vuelan y se pierden.

Y Caeiro siguió su rumbo suave y delicioso. Nadie quería que aquella ceremonia terminase. Por el escenario desfilaron también Miguel Álvarez (Insomnio) y Silvia. El primero, para hacer suya la ya mítica “Vidas cruzadas”, un estupendo tema de Quique González. La segunda, interpretando “Llorona”, una de esas joyas de la música centroamericana popularizada por Chavela Vargas. Esa voz profunda y salvaje consiguió colocar al público al borde de la emoción. Del llanto. Sublimando un concierto que, a esas alturas, ya parecía inolvidable.

Tocaron canciones propias y versiones, tan personales, que parecían haber sido escritas para ellos. Temas como “Adelaida”, “Metrallea Joe”, “Ellos dicen mierda” o “A la luz del cigarro” se sucedieron uno tras otro desde su calidez, desde su hondura. Caeiro demostró que son una de las formaciones más difíciles de encasillar de cuantas tenemos en Zamora (y parte del extranjero). Un grupo elegante, formado por músicos extraordinarios, que se mueven con brillantez entre los distintos géneros musicales.

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Caeiro cerró la noche con otra de esas canciones populares que conocemos desde niños: “Tío Babú”. No podían hacerlo de otro modo. Su apuesta es precisamente esa: la fusión de estilos. La creatividad. Su forma de hacer las cosas es así: sentarse en el borde del camino y esperar a que el viento traiga una canción. Y hacerla propia. Beber del pasado y mirar hacia adelante. Y brindar con otra copa de vino.

Justo al final, mientras el público aplaudía, un hombre viejo se acercó a mi oído. Se le notaba feliz. “El folk es una música seria. Es puro sentimiento.” Cuando iba a girarme sujetó mi hombro, deteniéndome: “No te des la vuelta, ya no hay vuelta atrás. Ahora ya lo sabes por ti mismo”. Y se fue. Apuesto a que era Bob.

O tal vez Alberto Aliste haciendo una de las suyas.

David Refoyo

Una tarde en el motor de un autobús

Cuando Los Planetas lanzaron aquel mítico disco ninguno de nosotros soñaba siquiera con tocar una guitarra, mucho menos con subirse a un escenario. En 1998 pensábamos en el partido de baloncesto del sábado y sólo si la fecha estaba señalada en rojo nos planteábamos colarnos en aquellos garitos para mayores de dieciséis que tanto se llevaban entonces.

Pero han pasado dos décadas y “La copa de Europa” o “Segundo premio” ya forman parte de nuestra cultura musical, aunque nunca lo reconozcamos en público, porque todos sabemos que alguien que defiende a un grupo consagrado como Los Planetas pierde la aureola de moderno y todo su criterio musical queda en evidencia por un apoyo que, a estas alturas, ya resulta intrascendente.

Aquella mañana sonaron los primeros acordes y todos en la oficina reconocimos la melodía en cuestión de segundos. Nos miramos por encima de nuestras pantallas y sonreímos. Volvimos a sentirnos jóvenes, a creer en nuestra eterna juventud como si el calendario no nos dejase las cosas claras cada mañana. Y sentimos, como decían Platero y Tú por aquella época, que no estamos muertos.

Una sucesión de comentarios y una increíble sensación de venirse arriba –esta vez no patrocinada por Aquarius- hicieron el resto. En poco más de tres horas, las que faltaban para empezar el fin de semana, estaba subido en una Mercedes Vito de alquiler junto a la banda zamorana de moda. Ventanilla bajada, pitillo sin encender colgando de los labios y, por supuesto, como primera lección de rock and roll, las gafas de sol al más puro estilo Jonnhy Burning.

Esa noche había concierto y las noches de concierto nos sentimos inmortales. Todos. Ellos, los músicos, por descontado, pero también yo en mi primera road movie junto a los chicos de El lado oscuro de la broca, algo más que una banda de shoegaze o lo que sea lo que ellos hacen – malditas etiquetas que lo ensucian todo-. Es ruido, sí, pero desde niño, emulando a Barricada, he sentido pasión por él.

Quisimos escuchar Una semana en el motor de un autobús y César, el batería-chófer del grupo introduce el cd. Coreamos estribillos pegadizos, nos reímos del mal sonido de la voz de Jota y hacemos chistes estúpidos con los nervios preconcierto que, como era de esperar, ya me habían contagiado. No comentaron el setlist porque lo llevaban trabajado con detalle a fuerza de ensayos. No dudaron ni un segundo en abrir con “Meseta” para empezar con un golpe en la cara de los asistentes. Las dudas, si las hubo en algún momento, se quedaron en tierra.

Como un niño con zapatos nuevos escuchaba las conversaciones de la banda de moda y me contagié de ilusión, pero también de ganas. Ganas por demostrar que se puede llamar la atención desde una ciudad como zeta, ganas de llegar un poquito más lejos, de grabar otro disco con mayor repercusión todavía. Ganas de seguir ofreciendo directos en cada rincón de España. Y, cómo no, ganas de dar que hablar.

El lado oscuro de la broca tiene una filosofía muy simple: dar que hablar. Es algo más que un grupo de música, es una forma de hacer las cosas, una pasión por superar el listón creativo una vez más. Y ese listón no se refleja en las canciones, o no solo, se refleja en los vídeos promocionales, videoclips, carteles, campañas de publicidad… todo lo que rodea a la banda desprende ese toque distinto, ese sello inconfundible que les ha llevado hasta donde están.

Al pasar el túnel comentamos cómo ficharon por El genio equivocado, su discográfica, y nos reímos al pensar en la cara de quien recibió la maqueta. Podían haberse hecho un Bandcamp y ser pesados a través de email y redes sociales, pero no, enviaron una corona de flores y una cita memorable: Te vas a morir. Y en el interior de la tarjeta: Del gusto. Firmado: Tus amigos de La broca. ¿Quién podía resistirse a fichar a un grupo capaz de llamar así la atención? La creatividad, aunque no lo parezca en estos tiempos de Instagram, es un bien escaso.

Después de tres horas de risas y chistes provincianos, de gallinas bajo el brazo y citas de Paco Martínez Soria llegamos a Madrid. A la Moby Dick, el escenario perfecto para conquistar la capital con la sorna pueblerina que desprendemos. Observo los movimientos, la descarga de los equipos, los insultos y los puteos entre ellos como método básico de concentración, que suben de intensidad a medida que se acerca la hora del concierto. Las necesarias pruebas de sonido y, mientras, disfruto de una Mahou bien fresquita acodado en la barra.

Poco después de las 22:00 horas, con la sala cada vez más concurrida, suena “Meseta”. Una declaración de intenciones para desgranar, canción a canción, las canciones que componen “Beta”, su primer trabajo discográfico: “De luces”, “Verdad lebrel” o “Los líderes africanos” intensificaron el tono de una fiesta que, a esas alturas, sabíamos que permanecería en las retinas de los asistentes, pero sobre todo en las mías.

Soy un músico sin grupo, un cantante sin micrófono, un guitarrista sin amplificador… pero esta noche soy un cronista, un tipo que se subió a una furgoneta para compartir un sueño durante un rato y se volvió a casa convencido de que, si siguen enviando coronas de flores y contagian su pasión por lo que hacen, llegarán a donde se propongan. Desde Zamora hacia el mundo, porque ya lo dice la canción que veníamos escuchando: algo nuevo/ algo aún por descubrir/ algo dentro de mí.

David Refoyo