Near Essential Orbit

Hace unos días recibí una llamada. Una voz al otro lado me pedía colaborar en la presentación de su disco. No nos conocíamos. Me dijo que fue Marichu García, periodista de Cadena SER, quien le puso sobre mi pista. Me sorprendí con la petición. ¿Qué era N.E.O.? ¿Quién estaba detrás de ese proyecto? ¿Qué podía aportar a algo que desconocía por completo?

La música, afortunadamente, es un idioma universal. Escuché su disco durante horas para encontrar detalles, para reconocerme en sus letras y establecer un discurso creativo. Vaya por delante que yo no soy músico y que es una disciplina que no controlo todo lo bien que me gustaría.

Y, sí, encontré detalles en este trabajo que me llamaron la atención. N.E.O. destila ambición, no tiene nada que ver con el trabajo anterior de Javier Núñez y ese riesgo es lo que más valoro en cualquier disciplina artística. Puede que este puñado de canciones compartan parte de las mismas fuentes, no lo sé, pero el resultado es diametralmente opuesto gracias a la ayuda de los colaboradores y productores que han trabajado con él en Madrid y Miami.

Es un disco con temas muy elaborados, que nacen con un impecable trabajo vocal y una formación específica. Destaca un trabajo de producción impresionante que consigue unos resultados a los que no estamos tan habituados. Canciones que beben del rock progresivo, del folk, de la música popular y que destilan un fuerte poso de modernidad bien entendida. Una revisión constante del legado musical británico de las últimas décadas.

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Se trata de un proyecto muy personal, que demuestra que con trabajo, voluntad y disciplina, se pueden alcanzar cotas hasta hace poco tiempo inimaginables. Si se me permite, puedo decir que es un disco preparado para el éxito. El uso del inglés es una ventana de oportunidad en un mundo cada vez más globalizado y eso permite que personas nacidas en la meseta, que viven en la España profunda, se sacudan los complejos y se coloquen en una vanguardia musical antes vista, únicamente, en las grandes ciudades.

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Primero conquistaremos Manhattan. Después conquistaremos Berlín

Imagino a Enrique Morente paseando por las calles de San Lázaro. Lo imagino disfrutando de una ración de jamón asado en el Ariza mientras saluda con pasión adolescente a los chavales de cualquier formación musical de la zona. Lo imagino mientras disfruto, entre la envidia y la emoción –tantísima-, del último trabajo audiovisual de José Sánchez Montes y Gervasio Iglesias: Omega.

Para ver este tipo de películas, un zamorano tiene dos posibilidades: el alquiler online y la piratería. Ningún cine de la provincia ha estrenado esta obra –ni lo hará-, por lo que cualquiera de las dos opciones no supondrían menoscabo alguno de la cultura, más bien todo lo contrario. Gracias al formato y difusión de algunas plataformas digitales de cine online como www.filmin.com, pude sentirme en plena Gran Vía madrileña y acceder a un documental con escaso interés para las grandes productoras y distribuidoras del sector.

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Omega es, posiblemente, la obra cumbre de la música española de la década de los 90 (como lo fue La leyenda del tiempo dos décadas antes). Una propuesta arriesgada y radical en la que trabajaron durante dos intensos años el cantaor Enrique Morente y la banda granadina Lagartija Nick. El resultado, después de muchos sinsabores, es sencillamente espectacular. Una oda a la libertad creativa. Una sublimación del flamenco como eje vertebrador de los discursos de Leonard Cohen y Federico García Lorca. Poesía, música y experimentación. Conexiones. Transmedia. Un cóctel arriesgado para el que, tal vez, España no estuviera preparada en aquel 1996 cuando se publicó el disco. La duda que me surge tras el visionado: ¿lo está hoy, veinte años después?

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III. Un romero se inmola en mitad de la pradera

Amanecimos con el ruido de los helicópteros. Un fuego se había extendido durante la noche a pocos kilómetros de San Antonio. Salimos a la calle, con curiosidad. Un instante que violentaba la paz habitual de la zona. El vecino de al lado nos tranquilizó. Ya lo han apagado. Esta vez han sido rápidos. En el noventa la cosa fue peor y el fuego quemó el monte y la ermita de Santa Inés. Aquel año no hubo fiesta.

Fuego en la Sierra de la Culebra. Foto:  La Opinión de Zamora

Fuego en la Sierra de la Culebra. Foto: La Opinión de Zamora

Antes de partir hacia el norte, anoto unas ideas sueltas que se convertirán, con el devenir de los días, en poema y que, pasados unos meses, formará parte del iconoclasta repertorio de El lado oscuro de la broca.

Una sola sombra
nos dio cobijo
y ardimos en la linde de todos los municipios.

 Los perros siguieron nuestra estela
como nosotros seguíamos a los pilotos

Descubrimos que el año también termina en mitad de la montaña. Que no hacen falta confeti y petardos para la celebración. Y dormimos acurrucados cerca del fuego sin saber que las llamas protagonizarían el viaje, el amanecer y los procesos artísticos que iniciábamos por aquellos días. Esa ignorancia nos ofrece la libertad. Esa libertad nos hace sentir vivos.

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II. No hay enchufes para las guitarras en el desierto

(Lee aquí I. La matanza. Un rito de iniciación) 

Buscábamos claves, un mínimo común múltiplo desde el que arrancar nuestro trabajo. No importaba qué pueblo nos acogiera ese día, sólo queríamos descifrar el nexo entre los habitantes de las montañas. Y lo descubrimos: las romerías.

Aquellas gentes amaban las romerías.

Nos contaban con detalle el fervor que sentían por una virgen o un santo que, normalmente, descansaba en una ermita a varios kilómetros de distancia. Una vez al año caminaban hasta allí en peregrinación y celebraban la vida. La amistad. Ese día no existían problemas con las lindes, no había caminos vecinales cerrados con un candado y nadie se acordaba del precio de la lonja. Era el día grande. Y la resaca alcanzaba el año entero.

Los vecinos, ancianos la mayoría de ellos, nos ofrecían fechas, anécdotas y comentarios, nos invitaban a visitar el pueblo el día señalado, nos hacían partícipes de una cultura que pronto sólo figurará en los libros y en la memoria de los más viejos. Esa huida hacia adelante, esa nostalgia ante lo inevitable, también nos señaló un nuevo camino. Trabajar hoy como si no hubiera mañana, como si no importara.

Foto: Facebook El lado oscuro de la broca

Foto: Facebook El lado oscuro de la broca

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I. La matanza. Un rito de iniciación

Coincidiendo con las vacaciones de Navidad: emprendimos viaje.

Una semana recorriendo las zonas rurales más inhóspitas de la provincia de Zamora con el único objetivo de adentrarnos en las costumbres populares, en el folclore tradicional. La Broca llevaba dos años sin componer y yo dos años sin publicar un poemario. No se nos ocurrió mejor forma de buscar la inspiración que un intento de regresar a los orígenes, a las raíces. Queríamos descifrar el tópico, parafraseando a Siniestro Total, de quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos.

Era el momento idóneo.

Recuerdo ahora, y no sé por qué, que una vez, en la presentación de mi último libro en Madrid, una escritora me preguntó que cómo era posible que un chico de provincias escribiese un libro tan dinámico y diferente, con tanta capacidad de sugestión y con mucha pasión por la carretera, los viajes y los cruces de culturas. No supe muy bien qué responder. No entendí si se trataba de un halago o, más bien, de un ombliguismo terrible. Así que respondí de manera castellana: seca y tajante. Le dije que, afortunadamente, ya habíamos descubierto Internet, las bibliotecas, la gasolina e, incluso, los mapas.

Pero volvamos a El lado oscuro de la Broca.

El lado oscuro de la Broca

El lado oscuro de la Broca

Es un grupo con unas tremendas ganas de hacer cosas diferentes, con una creatividad fuera de lo común, pero no viven en Malasaña ni en el Barrio Gótico de Barcelona. Son de Zamora, con todos los inconvenientes que eso conlleva. Así que cuando nos propusimos alquilar una furgoneta y embarcarnos en un viaje loco por las profundidades de la meseta, con sus partidas de mus y sus chupitos de anís, a todos nos pareció la mejor idea posible para encontrar respuestas.

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Cuatro maneras infalibles de desengancharse de internet

Gracias a Yagüe Producciones y a Kendosan, el pasado viernes pudimos asistir a la primera terapia para desengancharnos de Internet que se celebra en Zamora: “Comedia multimedia”. No se trataba de charlatanería ni de un ejercicio de coaching al uso, qué va, era una demostración de que se puede vivir y sentir sin la necesidad permanente de estar colgado de un teléfono móvil, de una línea de wi-fi, de un acceso a Internet a velocidad supersónica.

Foto: Facebook Comedia Multimedia

Foto: Facebook Comedia Multimedia

Se llama teatro. Teatro, así, con mayúscula.

Y la terapia propuesta se resume en cuatro claves cuya eficacia está demostrada por la ciencia según los estudios de la Universidad de Alabama, amén de diversas estadísticas.

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Flamenco y rock and roll: cantes valientes

¿La fecha? Pongamos 1988.

¿El lugar? Un hotel a las afueras de una gran ciudad.

¿La hora? Tal vez las 2:00 A.M.

¿Y la historia? The Rolling Stone viven una de sus giras más impresionantes. Representan el éxito del rock and roll como ninguna otra banda. Llenan estadios. Tocan dos y tres noches en las grandes ciudades de medio mundo. Son poco menos que dioses, aunque Mick Jagger crea que, a esas alturas, ya está por encima del altísimo.

Terminan un concierto en Madrid y llaman al manáger. Le piden que venga Camarón. Camarón de la Isla. Al hotel. Ahora. Le invitan a ofrecer una suma de dinero desorbitada. Una suma imposible de rechazar. Dice Keith: ¿Te acuerdas cuando nos llevaron a Ginebra en helicóptero para tocar en la casa de un empresario? El tipo de la BMW –responde Jagger. ¡Pues eso! Ofrécele 50 kilos o 100… ¡Pero queremos que venga esta noche! [Todos ríen]

El mánager telefonea al representante de Camarón. La diferencia entre mánager y representante aquí sí es pertinente. A medida que avanza la conversación telefónica la suma se incrementa un poco más. A estas horas, nadie osaría a despertar al cantaor, pero los Stones son atrevidos. Son lo más. Están en lo más alto y sabe que nadie puede rechazarlos a estas alturas de la vida, después de vender varias decenas de millones de discos en todo mundo. Y menos un gitano. Un pobre diablo enganchado a las siete lacras del pecado.

A los pocos minutos, mientras los Stones se impacientan por sus caprichos insatisfechos, suena el teléfono. Alguien corre a avisar al manáger. Es Ramón. El representante de Camarón. Su hombre de confianza. El único capaz de despertarlo de madrugada para ofrecerle un viaje en helicóptero. Un concierto privado a las tantas de la madrugada. Y más de cien millones de las antiguas pesetas.

He hablado con Camarón. La cantidad ofrecida le parece bien, sí.

No habría problema por los horarios, no.

Pero… dice que no canta para señoritos.

Una historia con las manos

Sustituyan Camarón y lean Poncho K. Sustituyan Rolling Stone y coloquen a cualquier otro artista servil, sin recorrido, sin saber lo que pretende. La historia de este sevillano errante es flamenca en las tierras del rock y rockera en su Andalucía natal. La tierra del flamenco por excelencia. Es independiente y, por eso, es osado. Una historia creativa y original. Por eso sigue tocando en pequeñas salas y alterna giras acústicas con conciertos eléctricos acompañado de su banda. La sencillez es una de sus armas y su música se ha impregnado de ella. De humildad. De experiencia.

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Poncho K en La Cueva del Jazz. E. D. V.

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