Leer está sobrevalorado

Como con los carteles de “Sexo gratis”, acudo a este conflictivo titular para atraer vuestra atención y poder dilucidar el papel que juega la lectura en la sociedad en general y en la educación en particular. Hay pocas verdades absolutas en este mundo, pero podríamos decir que la lectura es imprescindible para la formación del ser humano como persona. Lo que a veces olvidamos es que hay otras muchas materias que olvidamos, nadie sabe por qué, y relegamos a segundos escalones a la hora de entrar a valorar qué es lo que hace a una persona más o menos válida.

Tras la publicación anual del informe PISA es habitual leer, ver o escuchar informaciones que se refieren sobre todo a las horas que pasan los estudiantes ante un libro, ya sea sobre una asignatura en particular o de cualquier otro tema, incluyendo a la ficción. Hay una clara tendencia a sobrevalorar o menospreciar a los niños y a los jóvenes estudiantes en función del tiempo que dedican a esta actividad, como si el resto de su formación y lo que hacen en sus ratos de esparcimiento no tuvieran tanta validez. Es considerado, por ejemplo, más culto aquel que ha leído El Quijote que quien ha visionado en su totalidad la obra de Luis Buñuel; y así, miles de casos.

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Videojuegos

En este espacio que se me ha brindado para hablar de lo que me dé absolutamente la gana son ya varias las entradas en las que he hablado del cine o me he servido de él para profundizar en diversos temas de mi interés. Creo que es momento de darle un descanso, dejarlo en el banquillo a la espera de recambio y pasarle el testigo a uno de sus compañeros, un suplente que tenía muchas ganas de sacar al terreno de juego –para terminar de completar esta metáfora futbolística–. Me refiero nada más y nada menos que al considerado por muchos como el octavo arte, el videojuego (en verdad hay mucha confusión con la numeración teniendo en cuenta a la fotografía o el cómic, pero es lo de menos).

Lo primero que necesita un arte para ser considerado como tal es el tiempo. Solo con el inexorable paso de los años podemos llegar a analizar y comprender la magnitud de cualquier cosa u elemento. Estoy seguro que los hombres prehistóricos no pensaban en sus pinturas en las paredes de sus cuevas como arte, por ejemplo; o que los hermanos Lumière jamás vieron al cinematógrafo como herramienta para construir historias que pudieran en algún momento obtener la etiqueta de arte. Al igual pasa con los videojuegos. Hablamos de un producto que arrancó en la década de los ’70 como mero divertimento y que a día de hoy a los ojos de muchos es todavía un impúber, una disciplina demasiado nueva y en fase de desarrollo a la que todavía le queda muchísimo tiempo para florecer.

Tanto la música, como el cine, como los videojuegos, dentro del abanico de las artes, cargan con la losa de tener que servir como fin primario al divertimento del consumidor. Primero son obras para hacer pasar un buen rato; luego, puede que emocionen y calen en nuestro interior; y, por último, cabe la posibilidad de que sean capaces de ser consideradas como verdaderas obras maestras dentro de sus propios mundos por ofrecer algo rompedor y diferente. No todas las canciones, películas o videojuegos tienen como fin ocupar el olimpo en sus respectivas disciplinas, ni todos sus consumidores quieren que todas y cada una de ellas sean obras maestras, porque si eso ocurriera muy pocos disfrutarían sin prejuicios de estas artes que hoy nos ocupan.

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Los tiempos de la nostalgia

Quién iba a aventurar hace años que metidos de lleno en el siglo XXI de la revolución tecnológica, que nos deja a cada día que pasa nuevos avances y descubrimientos, íbamos a estar sumidos en una incontenible corriente de nostalgia que nos aborda por los cuatro costados. Solo hay que escuchar música, ver el cine actual o fijarse en la ropa que vuelve cíclicamente una y otra vez para llegar a la siguiente conclusión: lo retro, lo vintage, o como quieran llamarlo, nunca estuvo más de moda.

Suena paradójico, pero esta ola de nostalgia no tiene sentido sin la tecnología. El acceso a cada vez mejores sistemas informáticos y dispositivos nos brinda la oportunidad de revisar o revisitar obras y productos del pasado que en su día no pudieron ser disfrutados por todos y cada uno de nosotros por según qué diferentes circunstancias, pero como ya viene siendo habitual en este espacio de Buscarruidos nos centraremos más en el mundo audiovisual para analizar esta corriente que parece no querer irse nunca.

¿Han oído hablar de La La Land? Sé que no, pero es que ¡es pura nostalgia! Justo lo que ocurre con todo lo que triunfa hoy día: evocaciones constantes a sonidos e imágenes del pasado regadas con un toque moderno que las vuelve cool y consumibles para los públicos. Aun así, La La Land es una excepción, un buen ejemplo de cómo jugar con presente y pasado, de cómo escoger lo mejor de antaño rindiéndole un sentido homenaje para componer una obra nueva adecuada a los tiempos que corren que resulte fresca y entretenida.

Ahora vamos con la otra cara de la moneda. El pasado ya fue, no es algo que debamos revisitar a menudo salvo en contadas ocasiones; primero, porque la distancia en el tiempo nos hace tener más cariño a nuestros recuerdos y vivencias, y pasa igual con el cine, la música o un videojuego. De traerlo al presente podemos acabar con ese sentimiento y convertirlo en algo banal que lo saque de su contexto en el que fundamentaba las convicciones de cualquiera de nosotros. Segundo, porque acudir constantemente al pasado nos impide mirar hacia el futuro y avanzar, descubriendo nuevos métodos o creando genuinas obras que algún día serán el añorado pasado de alguien. Ahí entra en juego la desidia. Saber que recurriendo a viejas fórmulas conseguiremos el éxito nos vuelve vagos y conformistas.

Remakes. Foto Geekvalley

En el ámbito del cine esto nos lleva inevitablemente a los reboots, pero sobre todo, a los remakes y secuelas o precuelas tardías, productos en los que se vulneran gravemente los sentimientos de los consumidores de antaño, los que disfrutaron la obra en su día, para servir un producto parecido y muchas veces similar asentado en el éxito que tuvo en su momento; y lo peor es que triunfan. Star Wars, Indiana Jones, Alien, Blade Runner, Ben-Hur… ¡si hasta Jumanji va a tener un remake! Aunque lo grave es que la culpa básicamente reside en el consumidor, en el espectador que cree que cualquier pasado fue mejor y que regresa como un adicto a las historias que le hicieron emocionarse, llorar y reír hace años pensando que volverá a sentir lo mismo; y no.

Los seres humanos somos ávidos consumidores de historias. Las historias ­–la literatura, la música, o cualquiera que sea la afición que disfrutéis– son lo que le dan sentido a nuestra vida, a nuestro rutinario día a día. Nos transforman y nosotros las cambiamos a ellas, y por ello tenemos que dejar que se vayan, para que nos lleguen otras nuevas, y dedicarles un rotundo “no” cuando regresen para tentarnos, porque nunca hay ni habrá un sentimiento tan fuerte como el de la primera vez.

Fernando Esbec

La forma más pura del arte

El mes pasado el director de cine Martin Scorsese aseguraba en una entrevista que “la música es la forma más pura del arte”. Viniendo de uno de los mayores genios del cine de los últimos 40 años no es algo para tomar a la ligera, puesto que nos ha regalado obras mayúsculas e inolvidables como Taxi Driver, Uno de los nuestros o El lobo de Wall Street, por mencionar una más reciente. Coincido con el bueno de Marty y llevo tiempo subido en su carro, pensando que de entre todas las artes la música es la única capaz de emocionarme por sí sola.

Vivimos en la era de lo audiovisual, donde se combinan diferentes formas de arte para crear nuevos productos para nuestro deleite y entretenimiento, pero sobre todo es la imagen la que sobresale por encima del resto. Las redes sociales y la televisión copan la mayor parte de nuestro tiempo de ocio, y el resto de artes han quedado relegadas a un segundo plano, más contemplativo y de paso. Cada vez es menos frecuente que un melómano cuente su gusto por sentarse en la cama con su iPod o enchufar el aparato de música a todo volumen y disfrutar de la música sin más compañía que la del sonido invadiendo la estancia. Alejada de bares, discotecas, salas, teatros, estadios y auditorios, la música se ha convertido en el amenizador de trayectos, de esperas y de viajes en metro, y aun así es capaz de llenarnos, como no podría hacer en las mismas condiciones una película, un cuadro o una escultura.

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Artistas chasqueadores de dedos

No hay nada más temible para un escritor primerizo que el folio en blanco. Cuando leemos un libro, una revista o un periódico la mayoría de las veces no caemos en la cuenta de que esa página antes fue un espacio vacío y que el responsable de rellenarlo tuvo que utilizar sus conocimientos, sus fuentes de información y su tiempo para elaborar un texto coherente y bien escrito que lo completara con palabras. Ocurre que la mayoría de las veces no nos preguntamos cómo ha acabado una obra siendo lo que es, sino que solo la apreciamos y analizamos cuando está terminada. La damos por hecha, como si todo el proceso intermedio fuera un breve y sencillo chasquear de dedos; y eso es terrible. Terrible porque separa irremediablemente a la población en dos grupos muy distinguidos: los que son capaces de realizar ese sonido con el pulgar y el dedo corazón de una mano de los que no, y la realidad está muy alejada de eso.

La mejor manera para enriquecer nuestra percepción sobre una obra y la complejidad de su proceso creativo es investigar el cómo, e internet nos lo pone muy fácil para responder esa pregunta, de tal manera que podemos acceder a la página web de un autor, al guion de una película, al making of de la misma o hasta las notas que un escritor realizó durante todo el tiempo que estuvo planificando su novela para averiguarlo. Indagando en esos documentos nos damos de bruces con que ese chasquear de dedos no existe, que no hay magia, y que el arte es fruto de un cúmulo de horas destinadas al trabajo más intenso para acabar dando ese producto final que es la obra conclusa. Descubrir que ese proceso intermedio es el más duro, donde el arte deja de parecerlo y en el que hasta la más brillante de las ideas puede ser machacada por el tedio y quedarse en limbo, en el quise y no pude, o simplemente en el no quise, es el primer paso, la primera línea de ese maldito folio en blanco.

Solo comprendiendo que toda labor creativa es un trabajo más, igual de duro que cualquier otro, podremos ampliar nuestras miras y sentirnos capaces de hacer muchas más cosas de las que creíamos. Establecemos nuestra ignorancia como barrera para mantenernos en ese espacio de confort que es la pasividad, cuando solo aventurándonos a tirarnos a la piscina con los ojos vendados podremos testear nuestras verdaderas habilidades, incluso las más escondidas, y ver hasta dónde podemos llegar, aunque acabe con un doloroso y sonoro planchazo.

Startup Stock Photos

El primer paso para salir de ese letargo es olvidarnos de que existe la palabra inspiración en el modo en el que muchos la imaginan. La inspiración existe, no es un mito, pero no llega para iluminarnos acompañada de un coro de voces celestiales, sino que es resultado de un arduo proceso de búsqueda. En ese sentido es justa, y solo acude en la ayuda de aquel que realmente la necesita. El segundo paso es tomarnos nuestra obra como un trabajo y dedicarle el mismo esfuerzo y tiempo a su realización que si de un oficio se tratase. Una obra es todo lo buena que puede ser en función del amor que su autor le profesa, y ese amor se traduce en dedicación; y la dedicación, en horas. Es así.

Hace tiempo escuché de un guionista que el mundo del guion, aplicable a toda la escritura en general, es cruel y duro, pero sorprendentemente justo porque solo se quedan los que valen y los que trabajan. Creo fervientemente que no hay un solo autor de éxito que lo sea por enchufe, sino por esfuerzo y, por supuesto, por valía; pero no hay tantos genios en el mundo como creemos. Es otra engañifa que nos montamos, otro ladrillo más que ponemos en nuestro muro de excusas que separa a los chasqueadores de dedos del resto de los mortales.

Los que no somos genios tenemos que trabajar el doble, pero igual de duro, para conseguir nuestros objetivos. Hasta el más brillante naufragará recién abandonada la orilla si cree que por su condición será más fácil llegar al otro lado. Así, pues, para ir llenando poco a poco ese folio en blanco de letras que nos transporten a otros mundos y a vivir emocionantes historias solo queda sentarse, dejar de procrastinar y currar; y, al igual que con la escritura, con el resto de las artes, claro.

No es ni mucho menos el mejor y más épico cierre para un artículo de este tipo, pero qué esperáis, si para huir vilmente de otra dura tarde de escritura creativa sobre una historia que me sobrepasa y se me cae de las manos como las naranjas de una bolsa sin asas al salir de la frutería decido redactar un artículo para animar a la gente a dejar de perder el tiempo.

Fernando Esbec

Basura

Cuando uno se siente triste, desanimado o deprimido, se convierte en objeto de las leyes de la física, de una fuerza newtoniana que nos tira hacia abajo del mentón y nos describe en una figura cabizbaja o decaída (evidencien ustedes la visual gráfica de los adjetivos). Eso, o que se nos ha olvidado la bufanda y esperamos que bajando la cabeza y encogiendo los hombros se nos cuele menos frío entre las solapas de la chaqueta. El caso es que, por las razones que fueren, acabamos mirando hacia el suelo. Un suelo, por otra parte, gris y feo, que unas veces es de losas, otras es de piedra, y las menos se confunde con el negro alquitrán entre islas de pintura blanca. ¿Donde quedó el camino de arena? ¿Dónde la hierba que humedece las deportivas bambas? ¿Dónde la grava que pisa la bota? Respondo: en las denuncias de la tercera edad, tan temerosa de tropezar y destruir por completo su osamenta; en el elevado coste de la manutención de parques y jardines; y en la moderna estética urbana que hace rentable al hormigón y a sus anejos compañeros.

El suelo de la urbe sustenta nuestros hogares, nos provee de pasos, direcciones, límites y divisiones, y oculta bajo sí un entramado de tubos y cables que solo unos pocos osados se atreven a profanar y muchos menos consiguen comprender. Debemos tanto al suelo… Mucho se ha hablado de la vida sobre el suelo: humanos, animales, plantas… Mucho se ha hablado de la vida bajo el suelo: minas, topos, madrigueras… Pero ¿Qué sucede con la vida en el suelo? ¿Qué de esas cáscaras de pipas que vuelan a merced de las brisas en remolinos junto con las hojas caducas para volver a posarse y esperar un nuevo turno? ¿Qué de esos pegotes negros, verdosos, azulados, que se enquistan para siempre en la baldosa y no se despegarán jamás por mucho que se barra y se camine por encima? ¿Qué de los bordillos, ellos tan limítrofes, que hacen las delicias de los críos que se balancean sobre ellos en equilibrios arriesgados sin saber que juegan al ras de una frontera?

basura

La vida en el suelo se compone de basura. Es triste admitirlo pero las cosas son como son. Algún quisquilloso dirá que la basura está sobre el suelo, no en el suelo. Admítolo, pero a un nivel tan cercano y apegado que ¿Qué sería de lo uno sin lo otro? ¿Qué de la acera sin colillas? ¿Qué de las colillas sin acera? ¿Qué de la grieta sin su brizna? ¿Qué de la brizna sin su grieta? Por ello, prosigo, la basura que nosotros generamos forma parte inherente del suelo. ¡Ah! ¡Cómo nos esforzamos en colocar papeleras y contenedores! ¡Cómo nos reprochamos el arrojar un deshecho al pavimento con retahílas cívicas que ejemplifican a los padres y a las madres con la mejor de las regañinas! ¡Ah! Cómo nos esforzamos… ¿Y para qué? Si al final, por mucho que uno intente evitar esa conexión, a nuestros ojos dañina, el suelo acaba siempre cubierto de folletos publicitarios arrugados del empape o rotos en miles de fragmentos por quien quiso improvisar un confeti.

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De caraculo a caranchoa pasando por Cremades

Menudo final de año nos tenía preparado el 2016 a los españoles. Puro espectáculo. Me lo imagino riéndose viendo cómo se va guardando el karma en un gran recipiente metálico (porque ya forma parte del siglo XXI y tiene que representar la modernidad que en teoría tienen sus tiempos), hasta que en la primera quincena del último mes decide que es el momento de soltarlo. Ha sido entonces cuando nos ha dado a un fenómeno viral como “Caranchoa” y ha supuesto la caída (confiemos que para siempre) del humor castizo de Cremades.

Pero esto es mucho más complejo de lo que parece.

Los que han tenido la fortuna o mala suerte de coincidir conmigo en el espacio tiempo saben que soy profesor de una cantidad considerable de niños de edades dispares. Bien, a pesar de su diferencia de edad, casi todos tienen en común un mismo gusto: Los youtubers. Y este es el punto en el que me quiero parar.

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El entretenimiento ha variado considerablemente en los últimos años. Es un hecho que internet, las redes sociales… Bla bla bla. No voy a soltar esa palabrería que todos conocemos y que nos hace sentir tan ancianos a los de mi generación. Es normal que los tiempos cambien. Joder, es lo más normal del mundo. Mis gustos en la adolescencia no eran los mismos que los de mi madre en la suya, y así sucesivamente. No tenemos por qué darle vueltas a una rueda que ya gira por sí sola.

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