Blues zamorano

“Por la escalera sube una mujer
con un caldero lleno de penas.
Por la escalera sube una mujer
con el caldero de las penas.

Encontré a una mujer en la escalera
y ella bajó sus ojos ante mí.
Encontré la mujer con el caldero.

Ya nunca tendré paz en la escalera.”

 

En voz de su autor, Antonio Gamoneda, pudimos disfrutar este poema los asistentes a la conferencia del pasado jueves en el Museo Etnográfico.

Y en torno a la obra emblemática de nuestra Literatura a la que pertenece, el “Blues Castellano”, gira el ciclo de actividades organizado por el Museo Etnográfico para este enero. Un ciclo que comenzó con el encuentro público con el poeta leonés del 19 de enero y que terminará el 4 de febrero con el concierto de Cova Villegas y Delta Galgos.

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Gamoneda está en forma. Con habla parsimoniosa para no decir ninguna inconveniencia o tontería” pero neurona ágil, el autor de “Descripción de la mentira” o “Libro del Frío” nos acompañó durante hora y media en una charla amena y distendida, pero no banal; acerca de su obra más emblemática, cuando se cumplen 50 años de aniversario de su proceso creativo, si bien su publicación definitiva se retrasó a 1982 por la censura franquista.

Rehuyendo la tendencia al hiperanálisis académico, (“No le perdono a Dámaso Alonso que nos haya diseccionado el Polifemo de Góngora”), su discurso se centró en el proceso creativo y en la necesidad de aderezar adecuadamente la palabra con el silencio, como se comprende fácilmente escuchándole hablar y recitar y como sucede en las composiciones musicales de las que toma el ethos de su libro.

Gamoneda supo trasladar con maestría ese sentimiento paradójico de rebelión resignada de la música negra al medio escrito y a la situación política de la dictadura en España: tomando la inspiración del Blues, el Gospel y el Spiritual que eran cánticos en los que residía un afán simultáneo de protesta y de consolación.

Si bien el poeta rehuye etiquetas de cualquier tipo y niega que haya en su poética el influjo religioso que había en aquellos cánticos, como tampoco considera que hubiera los tintes “marxistas” que le atribuía la censura, sí que existe una mística y una conciencia social en el Blues, pero se enfocan sobre todo al mundo interior. El libro tiene el tono general de sumisión, incomprensión y rabia del que sufre ante una situación que no se molesta en tratar de gratificarle las penas en las que se está consumiendo. Paradigma de ello es el maravilloso inicio de su “Blues de las preguntas”: “Hace tiempo que estoy entristecido/ porque mis palabras no entran en tu corazón./ Muchos días estoy entristecido/ porque tu silencio entra en mi corazón.”

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De su experiencia con la censura, Gamoneda relata que se negó a ceder ante las rectificaciones que se le exigían y guardó el libro en un cajón durante quince años “en los que había cosas más urgentes que hacer.” Gracias a ello ahora podemos celebrar dos aniversarios.

Gamoneda tuvo un poemario más de una década en un cajón esperando a ser encontrado por unos tiempos mejores antes que doblegarse ante la intolerancia. Ese espíritu de paciencia rebelde es el que pide para los jóvenes, a los que anima a buscar sus propios canales y medios y recomienda una actitud “crítica y generosa” ante la vida. Puro espíritu Buscarruidos.

P.S: Como anécdota y curiosidad folclórica, uno de los asistentes presentó una auténtica rareza en forma de Guía Turística de la Provincia escrita por Gamoneda, que, ante la carcajada general, el poeta confesó haber escrito sin conocerla de primera mano, por lo que pide disculpas a los zamoranos. Disculpas aceptadas, estamos acostumbrados a que se hable de Zamora sin saber y mejor que lo haga Gamoneda.

Miguel Pérez Martín

Basura

Cuando uno se siente triste, desanimado o deprimido, se convierte en objeto de las leyes de la física, de una fuerza newtoniana que nos tira hacia abajo del mentón y nos describe en una figura cabizbaja o decaída (evidencien ustedes la visual gráfica de los adjetivos). Eso, o que se nos ha olvidado la bufanda y esperamos que bajando la cabeza y encogiendo los hombros se nos cuele menos frío entre las solapas de la chaqueta. El caso es que, por las razones que fueren, acabamos mirando hacia el suelo. Un suelo, por otra parte, gris y feo, que unas veces es de losas, otras es de piedra, y las menos se confunde con el negro alquitrán entre islas de pintura blanca. ¿Donde quedó el camino de arena? ¿Dónde la hierba que humedece las deportivas bambas? ¿Dónde la grava que pisa la bota? Respondo: en las denuncias de la tercera edad, tan temerosa de tropezar y destruir por completo su osamenta; en el elevado coste de la manutención de parques y jardines; y en la moderna estética urbana que hace rentable al hormigón y a sus anejos compañeros.

El suelo de la urbe sustenta nuestros hogares, nos provee de pasos, direcciones, límites y divisiones, y oculta bajo sí un entramado de tubos y cables que solo unos pocos osados se atreven a profanar y muchos menos consiguen comprender. Debemos tanto al suelo… Mucho se ha hablado de la vida sobre el suelo: humanos, animales, plantas… Mucho se ha hablado de la vida bajo el suelo: minas, topos, madrigueras… Pero ¿Qué sucede con la vida en el suelo? ¿Qué de esas cáscaras de pipas que vuelan a merced de las brisas en remolinos junto con las hojas caducas para volver a posarse y esperar un nuevo turno? ¿Qué de esos pegotes negros, verdosos, azulados, que se enquistan para siempre en la baldosa y no se despegarán jamás por mucho que se barra y se camine por encima? ¿Qué de los bordillos, ellos tan limítrofes, que hacen las delicias de los críos que se balancean sobre ellos en equilibrios arriesgados sin saber que juegan al ras de una frontera?

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La vida en el suelo se compone de basura. Es triste admitirlo pero las cosas son como son. Algún quisquilloso dirá que la basura está sobre el suelo, no en el suelo. Admítolo, pero a un nivel tan cercano y apegado que ¿Qué sería de lo uno sin lo otro? ¿Qué de la acera sin colillas? ¿Qué de las colillas sin acera? ¿Qué de la grieta sin su brizna? ¿Qué de la brizna sin su grieta? Por ello, prosigo, la basura que nosotros generamos forma parte inherente del suelo. ¡Ah! ¡Cómo nos esforzamos en colocar papeleras y contenedores! ¡Cómo nos reprochamos el arrojar un deshecho al pavimento con retahílas cívicas que ejemplifican a los padres y a las madres con la mejor de las regañinas! ¡Ah! Cómo nos esforzamos… ¿Y para qué? Si al final, por mucho que uno intente evitar esa conexión, a nuestros ojos dañina, el suelo acaba siempre cubierto de folletos publicitarios arrugados del empape o rotos en miles de fragmentos por quien quiso improvisar un confeti.

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Los Malditos Zamoranos (II): Juan Nicasio Gallego

¿Conocíais a Juan Nicasio Gallego? Yo tampoco. Pero tiene página en la Wikipedia inglesa. Ahí es nada.

Como ya he dicho otras veces, lo que más me gusta de indagar en el pasado literario de nuestra tierra es descubrir y acercar a los autores que han sido más injustamente tratados por el tiempo y el overbooking en las estanterías.

Y este me parece un claro caso, pues pese a ser una de las voces clave de la Ilustración Española no se suele glosar (ni yo mismo lo hacía) cuando se habla de lo mucho y bueno que ha dado nuestra bien cercada a las letras.

Zamorano de nacimiento, protoestudiante de la USAL, diputado por Zamora en las Cortes de Cádiz, clérigo ilustre, liberal, presidiario de Fernando VII, académico y poeta clave en la Transición del Neoclásico al Romanticismo, de Moratín a Espronceda, a caballo, como el espíritu de la época, entre la luz y la tiniebla. Defendió la corriente doceañista y participó en la redacción de “La Pepa”, jugando un papel clave en el primer reconocimiento de la libertad de imprenta y en las comisiones que trataron la abolición de la esclavitud y del Santo Oficio.

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«Juan Nicasio Gallego está considerado como uno de los tres poetas clave en el paso del siglo XVIII a XIX, junto a Manuel José Quintana y a Alberto Lista. Su corpus poético está formado por elegías, odas, epístolas y sonetos, modélicos en su factura.” En palabras de la catedrática de Literatura Española Ana María Freire López.

Y tiene una cosa muy guay, que como palmó hace ya más de cien años sus obras son de dominio público. Así que puedo enlazarlas sin más y ustedes pueden clicar sin más sin que nadie nos acuse de querer robarle su maldito dinero.

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Sobre el agua

Subíanme mis pies en un abandonado y penitente impulso por la cuesta de San Martín, cuando mi vista (hasta entonces ocupada en una rutinaria revista del común paisaje urbano y de los transeúntes que le sobreviven) topóse con un elemento ignoto.

De una de las pequeñas tapillas metálicas (que nos resbalan a cada metro en los días de lluvia) manaba, muy débil, casi suplicante en su borboteo, un pequeño chorrito vertical de lo que el grabado de la tapadera en mayúscula ya advertía: AGUA. El diminuto manantial, de presión variable, ya dejaba bajo sí un reguerito que buscaba entre las regulares formas de la acera sus meandros para al fin llegar -imagino- a su desembocadura y ganarse así el título honorífico de afluente, tan notorio entre las masas de agua corrientes.

Pöló

Pöló

No nos engañen aquí las proporciones del chorrito, que para el pocero asignado a la tapilla (de unos quince centímetros de envergadura y por tanto, estimo, otros quince de altura) habrán de ser las mismas que las que para nosotros resultarían de un paseo por los géiseres de Yellowstone.

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La razón de mi sinrazón

Nunca he rehusado a la oportunidad de moldear las palabras con un fin específico. Jamás me he amilanado, ni he intentado ocultar mis ansias por tratar de buscar, con fórmulas diferentes, nuevos resultados en la complicada artesanía de cincelar cada vocablo hasta hacer encajar, igual que un relojero suizo, cada uno de los engranajes que sustenten a la simple complejidad del cosmos que se esconde detrás de cada texto.

Tal vez sea por ese sentimiento previo al comienzo por lo que decidí empezar a escribir en Buscarruidos. Esos microsegundos que se convierten en horas y en días aglutinando ideas que, tan pronto nacen, se convierten en material de desecho. Pero aquí nada se desaprovecha. Todo ese tiempo y elucubraciones se almacenan formando una energía que espera, paciente y alerta, a que llegue la chispa adecuada. Algo impredeciblemente fugaz que nace de la nada y que provoca un big bang de una magnitud tan colosal como el combustible, ya fósil, acumulado durante su venida.

O no.

With my hands covering both of my eyes I am too scared to have a look at you now. - @Aliceizattion

With my hands covering both of my eyes I am too scared to have a look at you now. – @Aliceizattion

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Su pasión de abismo

“A la estulticia humana” dedica Jesús Hilario Tundidor su gran poemario “Tejedora de azar”. No vamos a negar que es un tema que da mucho que hablar a los poetas.

Un poemario que se me hace difícil determinar, desde el color grisáceoverdoso de su portada (en esto influye mi daltonismo) hasta en su temática y estilo, por cuanto es un poemario en el que, como recoge el propio autor en el subtítulo (“poemas exentos”) y en la nota introductoria “Palabras preliminares”, trata de poemas reunidos pero independientes entre sí.

Cuando lo tienes en la mano por primera vez puedes pensar que te lo ventilas en tres cuartos de hora. Error. Es una lectura densa y exigente con el lector, en la que prima lo intelectual sobre lo emotivo, que aparece a ráfagas cálidas y esporádicas. Junto a Apolo, Eros, Deméter, Perséfone, Artemisa (que ha cazado una sección para ella sola) viajamos por un entramado de visión cósmica, a veces naturalista y a veces fieramente humana, introspectiva, en la que la levedad de las palabras va pesando al reunirse. El autor vindica la palabra como elemento fundador del poema y del lenguaje y la explota con paladar exquisito y selectivo. Si no tienes que tirar de diccionario en su lectura puedes sentirte muy orgulloso de tu vocabulario. Un libro para leerlo despacio, saborearlo y reflexionar.

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La literatura es cosa del pasado… O no

¿Quién coño dice que la literatura no es cosa de jóvenes? Me hace cierta gracia –de la mala– eso de que los chavales solo hacen el idiota con cualquier aparato digital y que ya no leen y que ya no hacen esto o aquello, como si en el pasado todos esos estos y aquellos sí estuvieran a la orden del día. Probablemente sí, se pase demasiado tiempo delante de una pantalla, pero por favor: no digáis que eso es cosa de jóvenes. Y sí, parece difícil que ahora mismo cualquiera se pare a leer algo que no quepa en los 140 caracteres de Twitter o en la línea del pie de foto de Instagram, pero ¿desde cuándo lo difícil es algo que haya que evitar? Yo, al menos, no puedo evitarlo: los desafíos me la ponen dura.

Presentación de Bellquiem. Foto Julio Eguaras.

Presentación de Bellquiem. Foto Julio Eguaras.

Hace dos semanas, además, me quedaron claras unas cuantas cosas. La primera: que a los jóvenes les atrae la literatura. No toda, ya, pero en serio, ¿a quién se le ocurrió que El Quijote o Marianela son libros que vayan a hacer que a un chaval de trece años leer le resulte atractivo? Sin ánimo de desmerecer a nadie, parece evidente que al encorbatado al mando de los programas del sistema educativo no le interesa que a la juventud le pique el mono de abrir un libro y meterse unas líneas.

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