Leer está sobrevalorado

Como con los carteles de “Sexo gratis”, acudo a este conflictivo titular para atraer vuestra atención y poder dilucidar el papel que juega la lectura en la sociedad en general y en la educación en particular. Hay pocas verdades absolutas en este mundo, pero podríamos decir que la lectura es imprescindible para la formación del ser humano como persona. Lo que a veces olvidamos es que hay otras muchas materias que olvidamos, nadie sabe por qué, y relegamos a segundos escalones a la hora de entrar a valorar qué es lo que hace a una persona más o menos válida.

Tras la publicación anual del informe PISA es habitual leer, ver o escuchar informaciones que se refieren sobre todo a las horas que pasan los estudiantes ante un libro, ya sea sobre una asignatura en particular o de cualquier otro tema, incluyendo a la ficción. Hay una clara tendencia a sobrevalorar o menospreciar a los niños y a los jóvenes estudiantes en función del tiempo que dedican a esta actividad, como si el resto de su formación y lo que hacen en sus ratos de esparcimiento no tuvieran tanta validez. Es considerado, por ejemplo, más culto aquel que ha leído El Quijote que quien ha visionado en su totalidad la obra de Luis Buñuel; y así, miles de casos.

Todo empieza cuando a partir de cierto curso en el colegio se obliga a los alumnos a leer esta o aquella obra considerada imprescindible, como ocurriera a nuestros padres con la antes mencionada novela de Miguel de Cervantes. Ahora es menos frecuente, pero sigue ocurriendo, y resulta una costumbre contraproducente porque con ella solo se consigue que el alumno coja aversión al libro en particular y al hábito de leer en general. En cambio, nunca se nos ha puesto como tarea escuchar obras cumbre de la historia de la música o ver las películas que marcaron un antes y un después en el mundo del celuloide. ¿Son, acaso, disciplinas menores?

Leí recientemente un artículo de la sección internacional de El País que relataba la nueva vida de Donald Trump en la Casa Blanca cuyo titular es el siguiente: “Así es la vida del presidente Trump: vive solo, adicto a la televisión y no lee libros”. El relato no solo critica al nuevo presidente de los Estados Unidos –algo habitual– y continúa en la superficial línea en la que los medios de comunicación están tratando su trayectoria política, sino que de un modo inconsciente está menospreciando a todos los políticos del mundo que no leen diariamente. Lo de criminalizar a aquellos que gustan de ver cualquier cosa en la televisión me lo salto. El artículo solo se centra en que un presidente de los Estados Unidos debería leer y ver menos la televisión. Si bien hace mención a la actividad física, no le dedica ni la mitad de espacio que a la “caja tonta”. Pero, ¿y si Trump realmente no tiene tiempo para leer? ¿Y si, simplemente, no le gusta? ¿Es peor por ello? No. Si Donald Trump es así es por su mezquindad y por su falta de ética, no por leer menos, y creo que ni mil libros le harían cambiar.

Es tiempo de entrar en la lectura como hábito y en la literatura como materia. ¿Cuánto hay que leer a diario o semanalmente para ser culto? O, ¿qué obras o géneros son los que distinguen a un cultureta de pro de un mero aficionado? Porque se suele soltar al aire que hay que leer más, que ello hará más cultas a las personas, pero no todos los libros, cómics, relatos o poesías son igual de válidos; al igual que no todo el cine o la música tienen la misma calidad artística. Deberíamos diferenciar, como hacemos entre los blockbusters y el cine de autor, a los best-sellers de los libros más complejos. No significa que unos sean peores que otros, pero sin lugar a dudas que cada uno tiene una misión bien marcada y distinguida.

Tengo la convicción de que todos los que se consideran ávidos lectores en su tiempo libre no suelen recurrir a las hojas de un libro para formarse sino para entretenerse, y en ese aspecto cualquiera de las artes puede cumplir esa misma función sin tener que ser menos. Leer para formarse y convertirse en una persona culta es otra cosa: es acudir a ensayos o crónicas que ayuden a ampliar nuestros conocimientos y nuestra mente, algo que no está únicamente reservado a las letras sobre el papel.

Fernando Esbec

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