Videojuegos

En este espacio que se me ha brindado para hablar de lo que me dé absolutamente la gana son ya varias las entradas en las que he hablado del cine o me he servido de él para profundizar en diversos temas de mi interés. Creo que es momento de darle un descanso, dejarlo en el banquillo a la espera de recambio y pasarle el testigo a uno de sus compañeros, un suplente que tenía muchas ganas de sacar al terreno de juego –para terminar de completar esta metáfora futbolística–. Me refiero nada más y nada menos que al considerado por muchos como el octavo arte, el videojuego (en verdad hay mucha confusión con la numeración teniendo en cuenta a la fotografía o el cómic, pero es lo de menos).

Lo primero que necesita un arte para ser considerado como tal es el tiempo. Solo con el inexorable paso de los años podemos llegar a analizar y comprender la magnitud de cualquier cosa u elemento. Estoy seguro que los hombres prehistóricos no pensaban en sus pinturas en las paredes de sus cuevas como arte, por ejemplo; o que los hermanos Lumière jamás vieron al cinematógrafo como herramienta para construir historias que pudieran en algún momento obtener la etiqueta de arte. Al igual pasa con los videojuegos. Hablamos de un producto que arrancó en la década de los ’70 como mero divertimento y que a día de hoy a los ojos de muchos es todavía un impúber, una disciplina demasiado nueva y en fase de desarrollo a la que todavía le queda muchísimo tiempo para florecer.

Tanto la música, como el cine, como los videojuegos, dentro del abanico de las artes, cargan con la losa de tener que servir como fin primario al divertimento del consumidor. Primero son obras para hacer pasar un buen rato; luego, puede que emocionen y calen en nuestro interior; y, por último, cabe la posibilidad de que sean capaces de ser consideradas como verdaderas obras maestras dentro de sus propios mundos por ofrecer algo rompedor y diferente. No todas las canciones, películas o videojuegos tienen como fin ocupar el olimpo en sus respectivas disciplinas, ni todos sus consumidores quieren que todas y cada una de ellas sean obras maestras, porque si eso ocurriera muy pocos disfrutarían sin prejuicios de estas artes que hoy nos ocupan.

Para empezar a discernir sobre si los videojuegos son arte o no habría que meterse en un jardín digno de un extensísimo ensayo. Aunque mis queridos amigos de Buscarruidos me ofrecen ese espacio no seré yo quien hoy se ponga con un tema que otros han desarrollado con mayor profundidad y atesorando una superior sabiduría. Lo que sí que tengo seguro es que al videojuego de primeras no se le considera un arte porque está destinado al entretenimiento puro y duro del jugador, y que esa conexión necesaria entre obra y consumidor espanta esa aura que muchos creen que una obra de arte ha de tener por sí misma. Así, podemos distinguir los videojuegos con mayor calado artístico de otros como el clásico Pong, por no tener más pretensiones ni inquietudes que divertir al jugador. Con esta premisa a priori parece fácil distinguir el videojuego que es arte del que no, pero creo que se puede valorar de igual manera cualquiera de las otras siete disciplinas. Se me ocurre que muchos libros, por cientos de miles de unidades que hayan vendido, están muy lejos del calificativo artístico. Abandonan en cierto modo la perfección estilística para entregarse al 100% al lector, lo que ni mucho menos es reprochable. Quieren llegar a más gente y ser más digeribles, eso es todo. Es más, la mayoría de ellos son mucho más entretenidos que cualquier obra maestra, porque ese es su sentido. De igual manera creo que ocurre con la pintura, la arquitectura, la danza, la escultura, la música y el cine: dentro de cada uno hay obras que sí son arte y otras que no; y eso es lo mejor que puede ocurrir.

Tengo la certeza de que siempre consideraremos arte a aquello que marque un hito en la cronología de su disciplina. Estas obras dividen al arte en corrientes temporales, propias de una época y un tiempo determinados. El videojuego no puede permitirse el lujo del tiempo, pero aun así ya ha dado a luz obras maravillosas y rompedoras que han marcado diferentes etapas o modelado géneros y que ningún aficionado dejaría de catalogar como puro arte (Super Mario, Zelda, Monkey Island, Metal Gear Solid, Final Fantasy, Grand Theft Auto, Gears of War…). Más allá de los inicios, con Atari a la cabeza, hay que avanzar unos años para ver verdaderas obras de arte alejadas de los marcianitos. No soy ni mucho menos un entendido y sólo he revisado la historia del medio un par de veces, pero se antoja imprescindible hablar de Shigeru Miyamoto, creador de Super Mario o de la saga Zelda, dos de las historias más icónicas e importantes del medio; Shinji Mikami, creador de Resident Evil; o Hideo Kojima, ideólogo de Metal Gear Solid. Personalidades destacadas y mundialmente reconocidas que poco o nada tienen que envidiar a los grandes maestros del resto de las artes. Ello supone un gran avance, porque aquellos que aún no se han sumergido en el mundo del videojuego pueden tener referencias de terceros o conocer algo más del mundillo gracias a estas figuras, que son auténticos referentes.

Los videojuegos siempre han gozado de una pésima fama. Cuando el concepto friki no tenía connotaciones positivas los videojuegos eran un mundillo al que los padres no les gustaba que sus hijos entrasen. En seguida se relacionaba ser un “jugón” con ser un adicto, y pasarse una tarde frente a la televisión no era visto de igual manera si en la mano se tenía el mando a distancia o el mando de la videoconsola. La habitual violencia que empezó a primar en las historias se fue exagerando desde fuera, y no era poco frecuente –aún ocurre– que los medios de comunicación relacionaran una masacre cometida por un pirado con una metralleta con su afición por los videojuegos. Gracias a Dios ahora el mundo cobra de una mejor fama y con el paso de los años cada vez son más quienes presumen de jugar a videojuegos sin temer una reacción negativa en su interlocutor. La industria ya factura infinitamente más que el cine y la música juntos, y el abanico de genuinas historias que existe no para de crecer y crecer con nuevas entregas que hacen al videojuego cada vez más grande. Me vienen a la cabeza maravillas como la saga Uncharted, los vastos universos de Bethesda, Activision y su fenómeno de masas Call of Duty, u obras más independientes como Journey o Firewatch.

Creo que es momento de eliminar todo tipo de tabúes y prejuicios y regalar más juegos, de abrir la mente y aventurarse a descubrir nuevas formas de arte. El videojuego se está abriendo a otra narrativa y el tren empieza a coger cada vez más y más velocidad, pero aún hay tiempo de subirse. Todo aquel que un día decidió empezar a escuchar música más allá de la radio, que empezó a investigar el cine más allá de lo ofrecido en las grandes salas… debería leer sobre los videojuegos, descubrir Super Mario, echar un “Pro” y pasarse una tarde junto a sus familiares o amigos frente al televisor comiendo sándwiches de Nocilla –o cualquier otra marca– para divertirse como nunca y de paso ampliar su mente y dar cabida a nuevas maneras de emocionarse.

Fernando Esbec

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