La forma más pura del arte

El mes pasado el director de cine Martin Scorsese aseguraba en una entrevista que “la música es la forma más pura del arte”. Viniendo de uno de los mayores genios del cine de los últimos 40 años no es algo para tomar a la ligera, puesto que nos ha regalado obras mayúsculas e inolvidables como Taxi Driver, Uno de los nuestros o El lobo de Wall Street, por mencionar una más reciente. Coincido con el bueno de Marty y llevo tiempo subido en su carro, pensando que de entre todas las artes la música es la única capaz de emocionarme por sí sola.

Vivimos en la era de lo audiovisual, donde se combinan diferentes formas de arte para crear nuevos productos para nuestro deleite y entretenimiento, pero sobre todo es la imagen la que sobresale por encima del resto. Las redes sociales y la televisión copan la mayor parte de nuestro tiempo de ocio, y el resto de artes han quedado relegadas a un segundo plano, más contemplativo y de paso. Cada vez es menos frecuente que un melómano cuente su gusto por sentarse en la cama con su iPod o enchufar el aparato de música a todo volumen y disfrutar de la música sin más compañía que la del sonido invadiendo la estancia. Alejada de bares, discotecas, salas, teatros, estadios y auditorios, la música se ha convertido en el amenizador de trayectos, de esperas y de viajes en metro, y aun así es capaz de llenarnos, como no podría hacer en las mismas condiciones una película, un cuadro o una escultura.

Es turno de entrar en el territorio de lo subjetivo. Como amante de la ficción audiovisual y habiendo participado en algún rodaje he de reconocer que el medio pierde su magia en su período intermedio, a pesar de toda la riqueza que existe en un rodaje con grandes personas y trabajadores. Ver una sucesión de tomas falsas hasta que sale aquella con la que el director se queda supone un coitus interruptus, un leve desencanto. Aun así, cuando el producto final está ensamblado, si falta la música, el cortometraje aún no tiene vida propia. Lo digo con conocimiento de causa. A falta de la banda sonora para poder lanzar mi primer corto, veo nuestra película como un producto inconcluso, falto de chispa. La pantalla se torna en negro y los títulos de crédito se suceden unos tras otros, y el desenlace es satisfactorio, pero la sensación no es definitiva. Ese giro no tiene tanta fuerza sin unas notas que lo acompañen, y ese final no se saborea y asimila en su totalidad sin una melodía que lo sazone hasta el cierre del metraje.

Sin embargo, sí que ocurre al revés, al menos en mi caso, con las bandas sonoras de las películas. Escuchar esas melodías te transporta irremediablemente a la historia, y cada instrumento, cada nota, te hace vivir el momento como el guionista imaginó en su cabeza que sería sin la necesidad de estar viéndolo –que sí visualizándolo–; y eso es espectacular y difícilmente descriptible. Las mismas composiciones que endulzan una película sirven también de inspiración para cualquier autor inmerso en un proceso creativo. Un escritor, por ejemplo, encaja esas notas en la parte de su historia que mejor le conviene para enfatizar más en un sentimiento, en una emoción, y así sumergirse de lleno en su universo; y al igual que un escritor, un escultor, un pintor o un arquitecto.

La la land

La la land

Me viene a la mente La La Land, película que, si todo sigue con el guion establecido, arrasará en la próxima edición de los Oscar. Ocurre con los musicales que tienen muchísima más vida que otras películas de géneros diferentes después del visionado; y eso es porque viven en nuestros auriculares y altavoces durante días, semanas e incluso meses. La La Land nos embelesa con su música. Su historia es convencional y sus personajes rozan el cliché en la mayor parte del metraje, pero los números musicales nos borran de un plumazo nuestras dudas para obligarnos a amarla con pasión.

Ahora es el tiempo para la frustración por no poder tocar más que la flauta dulce, aunque no me desenvolvía yo mal tocando The Raiders March o el Himno de la alegría en el colegio, que me aprendía de memoria porque era incapaz de leer una partitura. Veo tocar a los fenómenos de Suricato Morse en el Avalon el pasado lunes rindiendo homenaje a Miles Davis, por ejemplo, y muero de envidia, porque sé que me estoy perdiendo el 90% de la riqueza de este maravilloso arte que hasta genios absolutos como Martin Scorsese reconocen como el más puro del mundo.

Fernando Esbec

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