Basura

Cuando uno se siente triste, desanimado o deprimido, se convierte en objeto de las leyes de la física, de una fuerza newtoniana que nos tira hacia abajo del mentón y nos describe en una figura cabizbaja o decaída (evidencien ustedes la visual gráfica de los adjetivos). Eso, o que se nos ha olvidado la bufanda y esperamos que bajando la cabeza y encogiendo los hombros se nos cuele menos frío entre las solapas de la chaqueta. El caso es que, por las razones que fueren, acabamos mirando hacia el suelo. Un suelo, por otra parte, gris y feo, que unas veces es de losas, otras es de piedra, y las menos se confunde con el negro alquitrán entre islas de pintura blanca. ¿Donde quedó el camino de arena? ¿Dónde la hierba que humedece las deportivas bambas? ¿Dónde la grava que pisa la bota? Respondo: en las denuncias de la tercera edad, tan temerosa de tropezar y destruir por completo su osamenta; en el elevado coste de la manutención de parques y jardines; y en la moderna estética urbana que hace rentable al hormigón y a sus anejos compañeros.

El suelo de la urbe sustenta nuestros hogares, nos provee de pasos, direcciones, límites y divisiones, y oculta bajo sí un entramado de tubos y cables que solo unos pocos osados se atreven a profanar y muchos menos consiguen comprender. Debemos tanto al suelo… Mucho se ha hablado de la vida sobre el suelo: humanos, animales, plantas… Mucho se ha hablado de la vida bajo el suelo: minas, topos, madrigueras… Pero ¿Qué sucede con la vida en el suelo? ¿Qué de esas cáscaras de pipas que vuelan a merced de las brisas en remolinos junto con las hojas caducas para volver a posarse y esperar un nuevo turno? ¿Qué de esos pegotes negros, verdosos, azulados, que se enquistan para siempre en la baldosa y no se despegarán jamás por mucho que se barra y se camine por encima? ¿Qué de los bordillos, ellos tan limítrofes, que hacen las delicias de los críos que se balancean sobre ellos en equilibrios arriesgados sin saber que juegan al ras de una frontera?

basura

La vida en el suelo se compone de basura. Es triste admitirlo pero las cosas son como son. Algún quisquilloso dirá que la basura está sobre el suelo, no en el suelo. Admítolo, pero a un nivel tan cercano y apegado que ¿Qué sería de lo uno sin lo otro? ¿Qué de la acera sin colillas? ¿Qué de las colillas sin acera? ¿Qué de la grieta sin su brizna? ¿Qué de la brizna sin su grieta? Por ello, prosigo, la basura que nosotros generamos forma parte inherente del suelo. ¡Ah! ¡Cómo nos esforzamos en colocar papeleras y contenedores! ¡Cómo nos reprochamos el arrojar un deshecho al pavimento con retahílas cívicas que ejemplifican a los padres y a las madres con la mejor de las regañinas! ¡Ah! Cómo nos esforzamos… ¿Y para qué? Si al final, por mucho que uno intente evitar esa conexión, a nuestros ojos dañina, el suelo acaba siempre cubierto de folletos publicitarios arrugados del empape o rotos en miles de fragmentos por quien quiso improvisar un confeti.

Estarán de acuerdo conmigo en que los principales proveedores de basura son nuestros bienamados quioscos. Esos establecimientos entrañables, llenos del color de los dulces y de la abundancia de los salados, que siempre nos sacan una sonrisa, aunque vayamos a por una mísera lata de cerveza porque están todos los bares cerrados y nos apetece una birrita al fresco. Los quioscos, llenos de bolsas, embalajes y plásticos (que contienen manjares gelatinosos o frutos secos con o sin cáscara), en más ocasiones de las que nos gustaría, dejarán partir a sus productos para que adornen con sus dibujos y brillantes colores las acequias de las calles y sus desagües. Las ya mencionadas cáscaras volarán hasta el más cercano hormiguero y en temporadas (pese a las pipeleras) se acumularán en montones insalubres que empacharían solo de mirarlos. Los chicles por su parte, dada su composición gomosa y eterna, entran en esa extraña simbiosis confundiéndose con el baldosín, a no ser que se vea arrastrado por la suela de algún transeúnte; al contrario que su envoltorio, que flotará al albedrío de los aires.

Elementos sustanciales del suelo son (y disculpen la ruda expresión) las cacas o mierdas. Las cacas juegan un papel importantísimo: dan emoción, riesgo, pueden provocar resbalones, malos humos o suertes (depende del pie con el que se las pise) y nos dan esa sensación de ser equilibristas del Cirque Du Soleil cuando esquivamos una al paso y por milímetros. De nuevo encontramos esa sensación cívica de responsabilidad que obliga al dueño del chucho en cuestión a recoger el excremento con el fin de evitar que más de uno se piense que tiene reflejos felinos. Sin embargo, no ocurre lo mismo con la caca de pájaro, en especial, la paloma. Las aves no llevan collar ni correa, por ello tampoco dueño. Será por eso que al enjaularlas adquirimos el mismo contrato que con los cánidos. Enjaular, domesticar, o amaestrar a un animal conlleva la fatiga de limpiar sus excrementos. ¿Es esto rentable para la sociedad humana? Lo discutiremos, tal vez, más adelante.

Pero, finalizando ya este diserto, la principal motivación que me lleva a escribir el mismo, nace de una extraña criatura que encontréme entre los demás habitantes del suelo. Algo que, por extraño que parezca, daba la sensación de no pertenecer al raso ecosistema. Aplastada contra el suelo, destrozada y sangrante de jugo, una mandarina yacía bocabajo ahogada con sus propias entrañas. El frutal cadáver daba testimonio del suicidio. Las señales eran claras: la mitad que llamaremos espalda se conservaba intacta; el frontal, que llamaremos cara, se había espachurrado dejando un reguero de zumo, pulpa y, desperdigadas en derredor, algunas semillas que habían salido despedidas tras el impacto. El choque contra la acera había sido tan brutal que no era posible que alguna persona hubiera descargado su frustración contra la mandarina. ¿Qué culpa tenía la mandarina? Además, de haber sido arrojada por tan enérgico brazo, la mandarina hubiera rebotado, dada su condición esférica, y la escena del cadáver hubiera sido completamente distinta. Aquello había sido un suicidio voluntario. La mandarina se había tirado de alguno de los balcones que coincidían con la vertical del impacto. Imagino a esa pobre y naranja fruta en el frutero, entre los perennes plátanos, las aguadas peras y las rojas manzanas, viendo cómo todas ellas eran seleccionadas. Observando cómo entre las dos o tres mandarinas que hubiese, ella nunca era elegida. No por mal estado, no por una apariencia mohosa o desagradable, no porque no tuviera ese jugoso acidillo que a todos nos encanta de las mandarinas, no… Simplemente una combinación azarosa de elecciones determinó que aquella mandarina se quedase en el frutero, inmaculada, incorrupta. ¿Es esa la ratio essendi de la mandarina? Tan defraudada debió sentirse, tan inútil, tan desesperanzada… Tan basura. Es por ello que decidió acabar con su sufrimiento y lanzarse al vacío para terminar de una vez por todas con una espera vana que, como mucho, le habría sacado un mohoso sarpullido para acabar en una bolsa de basura junto con las mondas ufanas y lirondas de las frutas realizadas. A

llí quedó el aroma de la mandarina, en una baldosa que no era su lugar, expósita de un frutero, emigrada por la pena de no reconocerse ante su mismo reflejo, de verse tan válida y tan impotente al mismo tiempo. Rodó por el pasillo, la terraza, subió a la barandilla y lanzóse al vacío del basural al que van a parar todas las explicaciones.

Pöló

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