Primero conquistaremos Manhattan. Después conquistaremos Berlín

Imagino a Enrique Morente paseando por las calles de San Lázaro. Lo imagino disfrutando de una ración de jamón asado en el Ariza mientras saluda con pasión adolescente a los chavales de cualquier formación musical de la zona. Lo imagino mientras disfruto, entre la envidia y la emoción –tantísima-, del último trabajo audiovisual de José Sánchez Montes y Gervasio Iglesias: Omega.

Para ver este tipo de películas, un zamorano tiene dos posibilidades: el alquiler online y la piratería. Ningún cine de la provincia ha estrenado esta obra –ni lo hará-, por lo que cualquiera de las dos opciones no supondrían menoscabo alguno de la cultura, más bien todo lo contrario. Gracias al formato y difusión de algunas plataformas digitales de cine online como www.filmin.com, pude sentirme en plena Gran Vía madrileña y acceder a un documental con escaso interés para las grandes productoras y distribuidoras del sector.

omega

Omega es, posiblemente, la obra cumbre de la música española de la década de los 90 (como lo fue La leyenda del tiempo dos décadas antes). Una propuesta arriesgada y radical en la que trabajaron durante dos intensos años el cantaor Enrique Morente y la banda granadina Lagartija Nick. El resultado, después de muchos sinsabores, es sencillamente espectacular. Una oda a la libertad creativa. Una sublimación del flamenco como eje vertebrador de los discursos de Leonard Cohen y Federico García Lorca. Poesía, música y experimentación. Conexiones. Transmedia. Un cóctel arriesgado para el que, tal vez, España no estuviera preparada en aquel 1996 cuando se publicó el disco. La duda que me surge tras el visionado: ¿lo está hoy, veinte años después?

Recuerdo la vieja Biblioteca Pública de Zamora. Las cabinas donde escuchábamos discos de vinilo y compact disc cuando el servicio de préstamo todavía estaba en vías de desarrollo. La tarde de los viernes acudía para descubrir nuevas músicas que todavía no habían llegado a mis oídos. En plena adolescencia, esos descubrimientos nos construían como personas. Nos enseñaban caminos y vías para avanzar, para sentirnos más plenos. Crecíamos culturalmente a golpe de play y auriculares en las orejas.

En 1996, recién llegado Aznar a La Moncloa, me sumergí en Omega. En el expositor, lucía nuevo y sin etiquetas. No sabía quién era Enrique Morente. No conocía a Lagartija Nick. El flamenco, para mí, era una música vieja que escuchaban los gitanos y algunos adultos que daban clase en los institutos de la ciudad. Todavía iba al colegio. Todavía no sabía cuáles eran los límites de mi universo cultural, de aquellas, muy, muy pequeño.

El tipo de la ventanilla ya me conocía. Él me había enseñado a Bob Dylan, a Guns’n’Roses, los discos más desconocidos de Nirvana… Cuando le pedí que me pusiera Omega se sorprendió. ¿Te gusta el flamenco? –dijo. No lo sé –respondí. Así que me senté en una de aquellas cabinas y me dejé llevar. No era un disco sencillo y sigue sin serlo. La primera escucha fue complicada. Por un lado, me seducían las letras y los ritmos extraños, pero no estaba preparado para la fusión, para las guitarras españolas y las letras de Lorca. Apenas conocía a Lorca de las clases de lengua y literatura de Don Juanjo.

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Todo cambió al sonar el corte cuatro del disco. La potencia de Lagartija Nick se dejaba notar mucho más, los ritmos flamencos se integraban mejor en el rock que tanto me gustaba. Y la letra, uf, la letra. Primero conquistaremos Manhattan/ después conquistaremos Berlín. Sentí la emoción, las lágrimas a punto de brotar. Me amaste como a un perdedor/ y te preocupa que pueda vencer. Y allí, encerrado, con la música atronando mis oídos, supe que los caminos de la creatividad son inescrutables. Entendí que los prejuicios deben dejarse de lado para afrontar obras como esta. Un aprendizaje necesario a cualquier edad, pero que a los trece años supone muchos metros de ventaja.

Este disco me ha acompañado durante años. Lo saboreé en cinta de cassette y en cd, ambos formatos pirateados, claro. Después pude comprarlo original y luce, desde entonces, con brillante devoción en los primeros puestos de mi estantería. Gracias a Omega descubrí a Cohen y a Lorca. Y descubrí más flamenco. Y menos rock. Aquello que los puristas criticaban a Morente, conmigo funcionó de maravilla. Ese era el objetivo del maestro.

Veinte años después, que no son nada según el tango, España sigue dando la espalda a la libertad, a la originalidad y la fusión de estilos y músicas. Demasiados ayatolas culturales pueblan los sillones oficiales y lo púlpitos mediáticos. Demasiados ignorantes que no han sabido potenciar el fantástico legado de Morente y las infinitas posibilidades del trabajo creativo bien entendido.

Cuando murió Morente llevaba algún tiempo sin regresar a Omega. Su muerte me dejó con la sensación de algo inacabado. Morente aún tenía muchas vías por explotar, muchos proyectos sobre la mesa. Siempre nos quedará su legado y la leyenda que se ha ido construyendo en todos estos años. Una leyenda desmontada en el documental Omega, donde se demuestra que el esfuerzo y la perseverancia es lo que diferencia la genialidad del hallazgo fortuito. Desde luego, desaparecer así, de repente, tras pasar unos días en el hospital luchando por mantenerse en pie, no es manera de decir adiós.

Gracias a Omega, he vuelto a decir hola, Morente. Bienvenido de nuevo.

David Refoyo

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