Nobel en Matemáticas

Regurgitar. Ese proceso de traer de nuevo a la boca alimentos que aun no se han digerido por completo en el estómago. Una práctica habitual en la dieta de búhos, caballos, lechuzas, vacas, ovejas… y que nosotros tenemos la manía de llevar a cabo con nuestros pensamientos. Somos rumiantes de ideas, de remordimientos, incluso de hechos ya tan pasados que parece increíble que nuestro sistema gástrico no haya podido digerirlos todavía. Curiosos órganos los que componen esta red y curiosa cuanto menos su función en nuestra salud diaria. Pero, ¿por qué nosotros, mamíferos bípedos capaces de hablar y razonar; de tales avances en el campo científico; de crear dioses y honrarlos con obras de arte inimaginables, no podemos evitar esos regüeldos de pensamientos que pensábamos ya esfumados? Muy sencillo: Nos pone un poquito sufrir.

Esa es una de mis teorías.

Then go and forget me forever... (@aliceizattion)

Then go and forget me forever… (@aliceizattion)

En mis estudios empíricos en los que llevo utilizándome durante ya más de un cuarto de siglo, he llegado a una serie de conclusiones. Estas variables no son sino teoremas sin más fundamento que la hipótesis de mi propia existencia; lo cual no dice mucho a mi favor cuando ni siquiera yo estoy muy seguro de ella. Pero como haría un científico profesional para cubrirse bien su baja espalda, simplemente hay que seleccionar unas condiciones óptimas para que el experimento se pueda llevar a cabo. Sólo necesitamos un individuo animal humano que se haya llevado un desengaño con la vida y haya sido consciente de ello. Es decir, podemos usar a cualquier persona estándar de la tierra que tenga conciencia de sí misma.

Cuando la hayamos seleccionado y conocido la causa de tan fatal desilusión, (que será por ejemplo, utilizando típicos estereotipos para que el rango del experimento permanezca sin alterar, un desengaño amoroso) nos dispondremos a su observación. Bien es cierto que los primeros días posteriores a dicho encontronazo, nuestro sistema digestivo de ideas y sentimientos no ha podido procesar aún tal cantidad de sabores amargos y agrios. De hecho, para poder hacerlo intentará aderezarlos con momentos dulces que enmascararen el verdadero aroma y esencia del dolor que esa persona está intentando asimilar. Pero todo este proceso ahora no nos importa. Queremos hablar del resultado, que al final y por desgracia, es lo que prima en nuestra sociedad.

Pasado el tiempo el sujeto ha digerido ya toda esa masa repulsiva. O eso cree. Lo malo de nuestro segundo sistema digestivo, encargado de rumiar los sentimientos, es que no tiene sistema excretor. Ahí es donde se estancó la evolución con nosotros. No tenemos forma de expulsar de nuestro cuerpo esos restos pútridos de sentimientos caducos. Por ello esos desdichados se dedican a vagar por nuestro segundo intestino grueso, al que también denominamos cerebro. Órgano cuya extensión no tiene fin ni salida y por el que yerran, igual que barcos fantasma en un océano infinito. Pero de vez en cuando, se atisban en el horizonte desde el puerto, y es en ese instante cuando el sujeto de pruebas comprende que esas emociones naufragadas permanecerán errando para siempre en su mente, y que sólo depende de él el darle mayor o menor importancia cuando las vuelva a otear desde su faro.

En esa decisión es donde entra la variable humana: Lo que a esa persona le guste sufrir. Existen sujetos que después de perder su predicado deciden seguir su vida sin significado propio; mientras que otros transforman sus frases sin verbo en auténticas onomatopeyas que consiguen deslumbrar a quien puede leerlas. Esta capacidad de anclaje de todo ese jugo gástrico podrido en el fondo de nuestros mares representa un mínimo porcentaje de los humanos testados. Al final al ser humano le gusta sufrir de vez en cuando; complicarse su existencia y por ende, buscar complicaciones en las de los demás.

Por eso me planteé plasmar todas esas teorías a raíz del otro día cuando leí la razón, que se utilizaba de titular en una conocida revista nacional, por la cual no existía un premio Nobel de Matemáticas. La noticia desarrollaba que el inventor de la dinamita pilló a su mujer en la cama con un conocido matemático de la época, y que ello supuso la causa por la cual cuando murió (decenas de años después), no incluyó a dicha categoría científica dentro de sus premios. ¿Acaso el sistema digestivo de sentimientos del bueno de Alfred no fue capaz de procesar ese engaño después de tantos años? Maldita ausencia de excreción de sentimientos dañinos…

Pero continué investigando.

Me hacía gracia la idea de que esa fuera la razón por la cual los matemáticos se quedaran fuera de los premios por excelencia de la fundación Nobel, aunque me hizo desconfiar el hecho de que en el siguiente párrafo dijeran que era una teoría, un simple rumor sin contrastar. Por ello seguí indagando y descubrí que el matemático con el que se relacionaba a su esposa no era otro que Gösta Mittag-Leffler, el cuál aun era un estudiante cuando el prestigioso inventor emigró de Suecia. Así que eso era todo: morbo. El pensar que el otro no pudo digerir el desengaño y por ello dejó a todos los matemáticos venideros sin premios. Y observando todo ello comencé el experimento que os he desarrollado y llegué a la conclusión final de que la evolución se equivocó con nuestro sistema excretor, porque se genera más mierda en nuestra cabeza que en nuestro colon. A no ser que en realidad la boca fuera…

Nacho Rodríguez

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