Arachnida, araneae

Hay arañas en el Puente de Hierro. Y no es que haya dos, ni tres, ni diez. Hay arañas. Hay muchas arañas. Las hay pardas, amarillas, negras, transparentes, a rayas. Las hay grandes, las hay chicas, las hay medianas. Hay muchas, muchas arañas. No sé si atreverme a decir que hay demasiadas. ¿Cuántas arañas hacen falta para decir que son demasiadas? Será mejor no preguntarles a ellas, si tenemos en cuenta que el día que les dieron a elegir a los animales y bichos el número de patas con el que se querían mover por esta Tierra, los pájaros dijeron que solo dos, para posarse de vez en cuando y descansar; los peces no quisieron ninguna ¿para qué?; los cánidos, los felinos, los paquidermos y los úrsidos dijeron que cuatro era un número estable y bueno para sus vidas; pero las arañas… ¡Ocho! ¡Ocho patas! Para las arañas nunca es demasiado. Del ciempiés y de la gamba ya hablaremos otro día.

Pöló

Pöló

Bien, aceptemos que las patas de las arañas son ocho y que han elegido como lugar de residencia todos y cada uno de los esquinos que las férreas vigas del Puente proporcionan, pero es que, si estudiamos los hábitos de conducta de los arácnidos encontraremos que, por lo general, estos artrópodos son caníbales. Y esto es lo que en verdad ha de preocuparnos: las arañas del Puente han conseguido establecer, previa firma de tratados, una tregua que ha permitido el crecimiento de la colonia hasta un nivel -diría- societario.

Si somos pacientes, empleamos el tiempo necesario en la observación y tenemos la vista y la mente dispuesta a enfrentarnos con lo desconocido, podremos ver a las arañas, por ejemplo, visitar a sus vecinas para pedirles un poco de ala de mosco para el estofado; aquella que corre de lado a lado del Puente pregonando a toda pata las noticias de la web; una gorda que, atorada, obstaculiza la R-30, salida 12, dirección Pinilla; o esa que se rescuelga haciendo puenting en un arriesgado salto al vacío.

Son tantas las arañas y son tantos sus modos de vivir que sería una verdadera lástima que ese ciudadano con complejo policial denunciase el selvático estado del Puente (como si un puente pudiese, obviando el tiempo que le arrastra, tener estado) y el Orden pusiese en marcha su maquinaria administrativa fletando a un experimentado equipo de exterminio con el fin de, a lanzallamas, quemar la arácnida civilización que poco a poco progresa libre (de momento) del estorbo humano. Pero ¡ah! Homo homini lupus. Convencido estoy de que la ígnea legión de aniquiladores, bajando la Avenida de Portugal a ritmo de la muerte, se encontraría un verde piquete de animalistas dispuestos a recibir unas pedradas o unos ratonazos si con ello pudiesen evitar la destrucción de esas feas costureras.

Imaginen por un momento un futuro en el que las arañas hayan cubierto (como ya hicieran las señoras del ganchillo con el de Piedra) todo el Puente con su tela. ¿No sería maravilloso el brillo del rocío iluminando el Puente en destellos cada albor de primavera? ¿No sería mágico observar la escarcha confundir sus copos con la seda, conformando figuras geométricas de aristas infinitas? ¿No sería fantástico y deliciosamente cruel, observar el festín estival que se darían las arañas con la multitud de mosquitos que acabarían por caer en la densa trampa?

Sin embargo estamos en otoño; un otoño de mañanas cálidas, tardes apacibles y noches frías en las que las arañas siguen trabajando para hacer de su Puente un Puente mejor en el que vivir. Y yo, que paseaba por allí, observaba los cristales rotos y las pintarrajeadas paredes que aseguran la pasarela peatonal. Y me fui para mi casa por entre la red de callejuelas esquivando al paso algún borracho que se confundía de pie, acechado por los gatos que buscan el calor del motor de un coche que recién acaba de aparcar y, en fin, debatiéndome en la duda de si soy araña o bien, por el contrario, es mi sino ser mosquito.

Pöló.

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