III. Un romero se inmola en mitad de la pradera

Amanecimos con el ruido de los helicópteros. Un fuego se había extendido durante la noche a pocos kilómetros de San Antonio. Salimos a la calle, con curiosidad. Un instante que violentaba la paz habitual de la zona. El vecino de al lado nos tranquilizó. Ya lo han apagado. Esta vez han sido rápidos. En el noventa la cosa fue peor y el fuego quemó el monte y la ermita de Santa Inés. Aquel año no hubo fiesta.

Fuego en la Sierra de la Culebra. Foto:  La Opinión de Zamora

Fuego en la Sierra de la Culebra. Foto: La Opinión de Zamora

Antes de partir hacia el norte, anoto unas ideas sueltas que se convertirán, con el devenir de los días, en poema y que, pasados unos meses, formará parte del iconoclasta repertorio de El lado oscuro de la broca.

Una sola sombra
nos dio cobijo
y ardimos en la linde de todos los municipios.

 Los perros siguieron nuestra estela
como nosotros seguíamos a los pilotos

Descubrimos que el año también termina en mitad de la montaña. Que no hacen falta confeti y petardos para la celebración. Y dormimos acurrucados cerca del fuego sin saber que las llamas protagonizarían el viaje, el amanecer y los procesos artísticos que iniciábamos por aquellos días. Esa ignorancia nos ofrece la libertad. Esa libertad nos hace sentir vivos.

Regresamos a casa en silencio. Sonaba Atención Tsunami mientras observábamos el humo, los rescoldos de un recuerdo que se perdía a través del retrovisor. Nos alejábamos de nosotros mismos, de lo que un día quisimos ser. Roberto, el bajista de La broca, rompió el silencio ofreciendo una última parada en el camino. Tomamos la salida de la autovía y detuvimos la furgoneta al borde del asfalto.

Era festivo y un hombre disfrazado perseguía a los vecinos al salir de misa. Se llama zangarrón, nos dijo, y azota a la gente para limpiar sus pecados, para que comiencen el año purificados. Así descubrimos uno de los últimos vestigios del folclore más ancestral de esta tierra y fuimos felices paladeando la oportunidad de haber vivido todo aquello.

Zangarrón de Montamarta. Foto: JCYL

Zangarrón de Montamarta. Foto: JCYL

Unas cañas y algunos golpes en el lomo más tarde, decidimos poner fin a la aventura. Ahora ya hablábamos, compartíamos ideas y regresamos contentos, porque todo había merecido la pena. Leía algunos versos y eso hacía que nuestra imaginación volase. La broca ya tenía el disco en su cabeza, ya sabían cómo sería, cuál sería el discurso y cómo ponerlo en valor frente al público. La clave eran las esencias. El origen. Siempre lo supimos.

Obviamos los langostinos y los canapés de la tía para meternos, directamente, en el local de ensayo. No era un ensayo, era un vómito, era un proceso natural de expulsión de ideas y sentimientos. Roger comenzó con un sonido raro e, inmediatamente, César le siguió con un ritmo contundente. Tocaron durante varios minutos con la ilusión de un niño el día de Reyes. Tocaron hasta vaciarse y aquello sonaba francamente bien.

Entonces me fui. Los dejé solos. Ya no pintaba nada en aquella catarsis colectiva, en aquella atmósfera especial en la que no era más que un intruso. Recogí mis cosas y me fui a casa. Ellos permanecieron encerrados durante horas que se convertirían en días y, a la postre, semanas. Meses de trabajo y ruido. De búsqueda y hallazgo. De poesía y letargo.

Así nacía Poderosa. Así descubrieron la luz brillante para alumbrar el despegue. El lado oscuro de la broca estaba de vuelta. En casa. Y su casa es la música. La pamema. El ruido y el efectismo. La furia de los amplificadores importados. Así lo reconoció Carlos Hernández cuando se ofreció para producir su segundo disco. El título le va que ni pintado, dijo. Y ellos sonrieron. Y yo sonreí también a través de un whatsapp sin copia de seguridad. Ni red.

Continuará.

David Refoyo

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