II. No hay enchufes para las guitarras en el desierto

(Lee aquí I. La matanza. Un rito de iniciación) 

Buscábamos claves, un mínimo común múltiplo desde el que arrancar nuestro trabajo. No importaba qué pueblo nos acogiera ese día, sólo queríamos descifrar el nexo entre los habitantes de las montañas. Y lo descubrimos: las romerías.

Aquellas gentes amaban las romerías.

Nos contaban con detalle el fervor que sentían por una virgen o un santo que, normalmente, descansaba en una ermita a varios kilómetros de distancia. Una vez al año caminaban hasta allí en peregrinación y celebraban la vida. La amistad. Ese día no existían problemas con las lindes, no había caminos vecinales cerrados con un candado y nadie se acordaba del precio de la lonja. Era el día grande. Y la resaca alcanzaba el año entero.

Los vecinos, ancianos la mayoría de ellos, nos ofrecían fechas, anécdotas y comentarios, nos invitaban a visitar el pueblo el día señalado, nos hacían partícipes de una cultura que pronto sólo figurará en los libros y en la memoria de los más viejos. Esa huida hacia adelante, esa nostalgia ante lo inevitable, también nos señaló un nuevo camino. Trabajar hoy como si no hubiera mañana, como si no importara.

Foto: Facebook El lado oscuro de la broca

Foto: Facebook El lado oscuro de la broca

Las enseñanzas del pastor punk

Que un grupo de chavales llegara al pueblo a escuchar, a aprender, era para ellos algo mágico, una suerte que llevaban esperando desde siempre. No entendían conceptos como Facebook o shoegaze, pero todos reconocían el rock, aunque fuese de oídas. Los más modernos se declaraban fans de Rosendo y Los Suaves, pero sobre todo de Obús, una vieja banda madrileña que causó sensación en los años 80.

Fue Chencho, en su rock bar de Figueruela de Arriba, muy cerca de Texas de Aliste, el que nos regaló una noche de tequilas y Estrella Galicia mientras desgranaba, canción a canción, la discografía legendaria de los Obús. Temas como “Va a estallar el Obús” o “Poderoso como el trueno” humedecían sus ojos, presos de recuerdos de otra época que, para nosotros, eran tremendamente desconocidos. Y, aun así, al día siguiente, mientras conducíamos la furgoneta por las abismales carreteras de la Sierra de la Culebra, cantábamos juntos sabedores, al fin, de haber descubierto algo hermoso. Diferente. Algo por donde empezar a rascar.

En Santa Cruz de los Cuérragos, a pocos kilómetros de Alabama, descubrimos una dulce tonada que salía a través de la tapia de un corral. Llamamos a la puerta. Una, dos, tres veces. Y nadie abría. Sólo una dulzaina desde las profundidades de la piedra vieja. Así que entramos. Rodeamos a José, un señor mayor que lejos de asustarse, siguió tocando despertando nuestra sonrisa. Después bebimos vino y comimos pan casero mientras seguía tocando y explicando cada una de las canciones. Esta se llama Adelaida y se toca en fiestas. Esta es la Concha que es de Zamora. Esta no sé cómo se llama pero me la enseñó el Andrés, quenpazdescanse, antes de irse a las Vascongadas a trabajar. Éramos unos zagales.

Esa noche, La Broca ya tenía el disco en la cabeza. Todavía no había letras más allá de algunos versos sueltos ni melodías. Ni siquiera sabían que la inspiración ya les había tocado. Pero se intuía en las ganas de regresar al local de ensayo, de conectar las guitarras eléctricas, de encender los amplificadores. Las ganas de crear, que son muy diferentes de las ganas de tocar en directo.

diablo agazapado se esconde en las esquinas,
esperando la luz del día,
sale para asustarnos con su cara colorada,
de pelo y corcho

 Las flores han vencido…

 (*de su nuevo tema Tras Os Montes)

Son unas ganas que tienen más que ver con la mística, con la hermosura de rascar y rascar hasta hallar algo que tienes dentro y de lo que desconoces su forma. Incluso su nombre. Es proponer a los demás para que sean ellos quienes asuman tus ideas. Y empaparte con las del resto. Avanzando juntos por veredas inexploradas. Así se gestan los discos. Desde las profundidades húmedas del local de ensayo. Su verdadero hogar tras el regreso. Sustituimos el trabajo de campo y los asientos de la furgoneta, por la cerveza de lata y los pedales de efectos.

Continuará…

David Refoyo

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