I. La matanza. Un rito de iniciación

Coincidiendo con las vacaciones de Navidad: emprendimos viaje.

Una semana recorriendo las zonas rurales más inhóspitas de la provincia de Zamora con el único objetivo de adentrarnos en las costumbres populares, en el folclore tradicional. La Broca llevaba dos años sin componer y yo dos años sin publicar un poemario. No se nos ocurrió mejor forma de buscar la inspiración que un intento de regresar a los orígenes, a las raíces. Queríamos descifrar el tópico, parafraseando a Siniestro Total, de quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos.

Era el momento idóneo.

Recuerdo ahora, y no sé por qué, que una vez, en la presentación de mi último libro en Madrid, una escritora me preguntó que cómo era posible que un chico de provincias escribiese un libro tan dinámico y diferente, con tanta capacidad de sugestión y con mucha pasión por la carretera, los viajes y los cruces de culturas. No supe muy bien qué responder. No entendí si se trataba de un halago o, más bien, de un ombliguismo terrible. Así que respondí de manera castellana: seca y tajante. Le dije que, afortunadamente, ya habíamos descubierto Internet, las bibliotecas, la gasolina e, incluso, los mapas.

Pero volvamos a El lado oscuro de la Broca.

El lado oscuro de la Broca

El lado oscuro de la Broca

Es un grupo con unas tremendas ganas de hacer cosas diferentes, con una creatividad fuera de lo común, pero no viven en Malasaña ni en el Barrio Gótico de Barcelona. Son de Zamora, con todos los inconvenientes que eso conlleva. Así que cuando nos propusimos alquilar una furgoneta y embarcarnos en un viaje loco por las profundidades de la meseta, con sus partidas de mus y sus chupitos de anís, a todos nos pareció la mejor idea posible para encontrar respuestas.

Era invierno y, aunque no fue uno de los más fríos de los últimos años, pudimos observar algunos de los momentos más importantes, de los que marcan el carácter de un tipo de sociedad cada vez más difícil de encontrar. En evidentes vías de extinción. Hay una frase entre los componentes de la banda que no para de repetirse: más largo que el día de la matanza. Y viene de algún sitio. Muy concreto. Tal vez, de la infancia.

La matanza del cerdo al estilo de toda la vida, con el cochino desangrándose mientras los varones de la casa brindan con vino es todo un ritual de iniciación. Apenas llevamos un día de viaje y, mientras se hace la sangre del animal al calor acompasado de la lumbre, escuchamos las primeras anécdotas. Comprobamos que el tiempo es un concepto relativo, que en la ciudad se le da demasiada importancia al tránsito de los minutos para acabar esperando al viernes y escapar a las montañas. Comprendimos que la música forma parte de la cultura desde que el hombre es hombre. Los niños canturrean. Los pastores silban. Las gallinas ofrecen su coro a primera hora de la mañana y la gente, en general, habla a voces con un acento musicalizado hasta el extremo que también constituye una banda sonora original y diferente que va a marcar parte de nuestro periplo.

Entre todos los pueblos por los que pasamos esos primeros días, apenas podemos contabilizar medio millar de residentes. Apenas hemos visto a un 10% deambulando por las calles. Si hemos venido a localizar el underground, a escapar del mainstream, sabemos que hemos venido al lugar propicio.

zanga2

Por el día entrábamos en los bares y hacíamos fotos con el móvil para subirlas a Instagram, hasta que, pasadas unas horas, entendimos que no existía cobertura suficiente para completar la operación. A los dos días, ni siquiera cargábamos los teléfonos porque resultaban inútiles. Así que mirábamos con nuestros ojos y hablábamos con todo el mundo. Sólo preguntábamos a los lugareños por las canciones que conocían, las que habían marcado su vida. Algunas señoras se arrancaban y nos ofrecían pequeños conciertos bajo la niebla meona. Nosotros reíamos por lo bajo y paladeábamos la felicidad. Al principio, apenas podíamos contener la risa. Al cabo de unas horas, cantábamos sus estribillos mientras anotábamos ideas sueltas en un cuaderno cuadriculado.

Por las noches, bebíamos vino y comíamos chorizo mientras leíamos las anotaciones del día. Rubén sacaba una guitarra española del maletero y entonaba melodías que habíamos oído horas antes. César golpeaba la mesa o el plato o lo que tuviera a mano para acompañar. El resto lanzábamos versos que traducían las vivencias, con sonoras carcajadas a modo de anecdotario.

El viaje es oscuro
Hasta el día de reyes,
La noche vence al día
Con cosechas de bromuro


El diablo agazapado aguarda en las esquinas.

Y escribíamos. Escribimos mucho aquellos días. Y nadie se imagina lo complicado que es conseguir un bolígrafo y un cuaderno en mitad de la nada.

Continuará…

David Refoyo

Anuncios

3 comentarios en “I. La matanza. Un rito de iniciación

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s