El mar de Castilla

CAYE: ¿Sabías que el mar aquí es muy importante? Dónde más.
ZULEMA: No hay mar aquí.
CAYE: Por eso. Es dónde más se piensa en él.

(“Princesas”, Fernando León de Aranoa)

 

En la época de la dictadura franquista, Zamora contaba con zonas de baño en Olivares, en los Tres Árboles, en la isla de Las Pallas y en Los Pelambres.  Hoy en día apenas sobrevive la última y sólo las valientes se atreven a introducir su cuerpo en las turbias y contaminadas aguas del Duero. Cuenta la leyenda que, hace muchos muchos años (o no tantos), el obispo del momento arremetió en su homilía dominical en la Catedral contra las mujeres que vestían recién estrenados bikinis en la otra margen del río: “¡esto no es Benidorm!” Las habitantes de Zamora, por lo visto, decidieron resistirse a las órdenes de la Iglesia con el poderoso humor popular. Desde entonces la playa de Los Pelambres es conocida como Benidorm.

Más allá de esa anecdótica excepción, lo cierto es que cualquier zamorana se ha sentido identificada más de una vez con el famoso estribillo de los gallegos The Refrescos : ¡Aquí no hay playa! ¡Vaya, Vaya! No hay playa. Pero en la ziudad no sentimos el consuelo de las madrileñas; tampoco tenemos ni Retiro ni Casa Campo ni Ateneo, ni mil cines, mil teatros, mil museos, ni tenemos Corrala ni tan siquiera tenemos organillos o chulapas.

Tal vez no sea la playa lo que extrañamos. Al fin y al cabo, como bien se ha empeñado la Diputación en insistir durante todo el verano: “en Zamora hay playas”.  Basta recorrer unos pocos kilómetros para alcanzarlas. Aunque sean fluviales. Pero la añoranza no se cura con riberas, lagos y embalses. Queremos océanos. Alcanzar ese mar inconcebible. Y no sólo en agosto. En ese sentido, compartimos las aspiraciones del grupo musical La Costa Brava: “nuestro gran reto es (…) encontrar el mar anual, el cielo más azul, la bebida más dulce, la resaca menos dolorosa, el verdadero amor más corto”. Lograr la arena y el oleaje siempre disponibles. ¿Están a nuestro alcance? ¿Existe el océano zamorano?

Sergio del Molino apunta, en su libro La España vacía. Viaje por un país que nunca fue, que la idea del mar en Castilla no es nueva: Legendre, Unamuno, Azorín y Machado también se recrean en ella. “El símil persiste y funciona porque se refiere a un paisaje muy seco y muy alejado de cualquier mar. Pero habla también de la distancia que siente el marinero. La soledad del que sólo ve agua a su alrededor.”

El cuadro de Diego Benéitez. Patricia Casalderrey.

El cuadro de Diego Benéitez. Foto: Patricia Casalderrey.

En la última edición de Galería Viva, organizada por Buscarruidos durante el primer fin de semana de este mes de octubre, Diego Benéitez pintó uno de sus famosos paisajes rectilíneos. En el cuadro, Zamora se convierte en una finísima recta en medio de la blancura en la que pueden apreciarse las sutiles pisadas de alguien que se va. O llega. Esa nada imperante (que cualquiera puede observar en los sencillos paisajes de Castilla) podría interpretarse como un mar de niebla o un vacío océano envolvente. Y quizá aquellas huellas difusas sean, en realidad, los surcos de una barquera que llega a puerto. O que parte en busca de La gran aventura del mar

El Museo Etnográfico de Zamora nos brinda la posibilidad de sumergirnos en un mar imaginario, y, por tanto, mucho más poderoso, en la exposición que recoge parte de la obra de José Ramón Sánchez.

José Ramón Sánchez. Patricia Casalderrey.

José Ramón Sánchez. Foto: Patricia Casalderrey.

La muestra invita a que los personajes y paisajes marítimos de Moby Dick y Gentes de sotileza compartan espacio durante más de tres meses. Y eso, como señaló el autor el día de le inauguración, es mucho tiempo de convivencia. Quién sabe qué relación puede llegar a establecerse entre la Silda de Santander y el Ahab que capitanea el Pequod.

Patricia Casalderrey

Foto: Patricia Casalderrey

Foto: Patricia Casalderrey

Foto: Patricia Casalderrey

Al fin y al cabo es la primera vez que la huérfana y el resto de sus compañeros de Gentes de sotileza, cuelgan en las paredes de una exposición. Hasta ahora habían permanecido resguardados en el libro escrito y dibujado sobre la obra literaria Sotileza (de José María de Pereda). José Ramón se describe a sí mismo en esas páginas: “me muevo a gusto en medio de temporales y galernas. Creo oír la llamada del mar en mi interior. Intuyo que algo terrible e impreciso se cuece en las calderas de las profundidades. Soy un dibujante más de arrebatos que de calmas. Estoy más hecho a las marejadas que a las calmas chichas.”

Foto: Patricia Casalderrey

Foto: Patricia Casalderrey

La exhibición se complementa con un homenaje (que bajo el nombre El mar y los maestros recoge los retratos marítimos de Turner, Conrad, Beethoven y Chopin) y con los dibujos preparatorios de los cuadros, que bien podían ser el story board de un film o las viñetas de un cómic. La manera de trabajar mediante estos guiones gráficos está muy relacionada con el amor por el cine. Cuenta José Ramón que la fotografía de las películas su hijo Daniel Sánchez Arévalo está influida por su manera de dibujar, lo cual quedó patente en su primer largo Azuloscurocasinegro.

Foto: Patricia Casalderrey

Foto: Patricia Casalderrey

En el último apartado, encontramos el Camarote de lectura, con libros de temática marina para todos los públicos y un intento de invitación a la creatividad: una pequeña mesa con dibujos de animales de mar ya recortados y un puñado de rotuladores con los que pintarlos y pegarlos en una pared ad hoc. Durante la visita guiada por el autor un estudiante de diseño reclamó: ¿por qué tengo que pintar este pez como señala el dibujo? Quizá esa misma pregunta se planteó José Ramón en su infancia.

José Ramón Sánchez fue un niño asmático. Pasaba una semana en la cama, ahogándose, y a penas conseguía ir tres días seguidos al colegio. La enfermedad le obligó a trasladarse a un internado en Palencia, lejos del Cantábrico. En su libro, Gentes de sotileza, explica: “el mar de mi niñez, el mar de Santander, se convirtió en un enemigo perseguidor e implacable. Los médicos decían que el mar era la causa de mi asma. Y nos explicaban a mi madre y a mí que el salitre, el yodo y las algas marinas eran las que cerraban mis bronquios y me producían ahogo y fatiga.” Sus padres, que hacían grandes esfuerzos para administrarle un tebeo cada domingo, eligieron el colegio palentino en función de un único criterio: tenía cine. Durante esta época en Palencia asegura que el espíritu castellano se imprimió en su carácter.

Años más tarde José Ramón recibió una de esas llamadas del destino, materializado en su tío José: “¿Qué puñetas haces en Palencia estudiando Comercio, que no te gusta? Algo con lo que no te vas a ganar la vida, porque tu vida está marcada ya. Por una vocación, por una pasión, por un oficio, que es el de dibujar. Vente a Madrid, y ya pensamos algo.” Se fue a Madrid a los tres días, como si le hubiera llamado un ángel.

En la capital le impactaron tres cosas: el Bernabeú, la Gran Vía, con los cartelones de cine,  y el Museo del Prado  donde podía contemplar Las Meninas de Velázquez. Precisamente este cuadro sirve como ejemplo en una de sus perennes reivindicaciones: el dibujo (minusvalorado y metido en un cajón) es lo fundamental en el oficio. Asegura que si se hubieran recuperado los dibujos preparatorios de Las Meninas de Velázquez, y colgaran también en la sala XII del Museo del Prado, entenderíamos qué son, qué significan, qué sentido tienen. En el arte hemos sacralizado la obra, los cuadros, y la hemos metido en el templo, los museos. Y los dibujos se han perdido. En el Rijksmuseum de Ámsterdam “no se puede ver ni un solo dibujo de Rembrandt, el mejor dibujante de la historia”.

En su llegada a Madrid conoció a algunos estudiantes de Bellas Artes y consiguió su primer trabajo como cartelista publicitario con ellos. La decisión de ir a la ciudad, entonces, fue tan determinante como la de volver a Santander en el verano de 1996.

El regreso a Cantabria, con 60 años, le permitió volver a aquello que había soñado en la infancia y en la adolescencia y recuperar tres cosas fundamentales en su vida: dibujar más, leer más y escribir todos los días un poco. Se ha convertido en un buscador, en un estudiante, en una persona mucho más inquieta que la que estaba en Madrid. Santander supone la jubilación temprana y el regreso a la libertad en la biografía de José Ramón Sánchez, frente a una vida madrileña cargada de obligaciones económicas y familiares, solventadas como ilustrador comercial. Los clientes le agobiaban: agencias de publicidad, editoriales, ministerios, particulares.

En la ciudad del Cantábrico puede ahora trabajar en todo aquello que había dejado al margen. Quizá ese el motivo que explica cómo a los ochenta años sigue teniendo fuerza para conversar con la gente, preparar un libro sobre el dibujo o seguir montando exposiciones.

Patricia Casalderrey

[*La exposición La gran aventura del mar permanecerá en el Museo Etnográfico de Zamora hasta el 15 de enero de 2017.]

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