Sobre el agua

Subíanme mis pies en un abandonado y penitente impulso por la cuesta de San Martín, cuando mi vista (hasta entonces ocupada en una rutinaria revista del común paisaje urbano y de los transeúntes que le sobreviven) topóse con un elemento ignoto.

De una de las pequeñas tapillas metálicas (que nos resbalan a cada metro en los días de lluvia) manaba, muy débil, casi suplicante en su borboteo, un pequeño chorrito vertical de lo que el grabado de la tapadera en mayúscula ya advertía: AGUA. El diminuto manantial, de presión variable, ya dejaba bajo sí un reguerito que buscaba entre las regulares formas de la acera sus meandros para al fin llegar -imagino- a su desembocadura y ganarse así el título honorífico de afluente, tan notorio entre las masas de agua corrientes.

Pöló

Pöló

No nos engañen aquí las proporciones del chorrito, que para el pocero asignado a la tapilla (de unos quince centímetros de envergadura y por tanto, estimo, otros quince de altura) habrán de ser las mismas que las que para nosotros resultarían de un paseo por los géiseres de Yellowstone.

No me detuve mucho más en la admiración del acuático fenómeno. Temía que mi presencia allí atrajese a otros curiosos, que de pronto se formase allí la corredera y que (tan dados que son algunos al culto de, llámense sucesos de difícil explicación, llámense milagros) al fin fuese necesaria la intervención de la Institución con todo lo que ello conlleva, a saber:

· Movilización de las fuerzas violentas del orden del Estado;

· acordonamiento del perímetro de seguridad en torno al chorrito y muy probable prohibición del tránsito rodado por las calles inmediatas, dejando prácticamente incomunicado el casco histórico de la ciudad;

· proceso de deliberación, propuesta y oposición del modo de acción;

· muy seguro estudio medioambiental e histórico-sociológico del chorrito y, en suma,

· instalación de un letrero informativo acerca del misterioso chorrito del Santo Martín del que, dice la leyenda, tomó Dios una parte para elaborar el maná que llovió en el Sinaí y del que (se teoriza) bebió, previa genuflexión, Miguel de Cervantes Saavedra, a ver si así le volvía a crecer el brazo.

Puede que para el lector resulte ésta una corriente de agua sin importancia. Bien. Acéptolo. Y para saciar su sed hablaré, pues, de lo que vi en esa misma cuesta, esa misma noche, ya de vuelta y en bajada.

El chorrito milagroso del Santo Martín allí seguía, incombustible, pero es que en el jardín aledaño, uno de los aspersores había perdido literalmente la cabeza. Un imponente y vigoroso chorro de agua elevábase hacia el telón nocturno del cielo como queriendo, sin mesura alguna, a plena capacidad de caudal y presión, devolver, agradecido, la lluvia que nuestros campos riega. A su lado, un aspersor de oficio (éste sí previsto de su tapón regulador correspondiente y reglamentario) escalofriaba el tronco del pino que tenía en frente en continuas y húmedas barridas, ajeno por completo al encharcador chorro de su compañero.

Pero pensemos un instante. ¿Fue acaso tal la presión del agua como para acabar destestando al aspersor o fue, por el contrario, débil la fijación del topecillo? ¿Y si fue un agente externo el que de una coz temible destruyó el órgano más vital del aspersor? Y si respondemos de forma afirmativa a ésta última pregunta (respuesta por la que un servidor se decanta) ¿qué motivación pudo tener dicho agente? ¿Puro vandalismo lúdico? ¿Un vandalismo, tal vez humilde en formas, pero lleno de resentimiento hacia el sistema que todo lo riega? ¿Fue acaso un simple tropiezo fortuito el que originó la inmensa tromba, o es el resultado de alguien que, queriendo proteger la integridad histórica del milagroso chorrito del Santo Martín, ideó un meticuloso plan de distracción por magnitud en pos de mantener inmaculado el beato chorrito?

Sea como fuere, y entrando en el fanganoso terreno del vandalismo, se me plantean las siguientes cuestiones que, si me permiten, dejaré abiertas. ¿Es legítimo el acto vandálico continuado como lucha antisistema y, si lo es, no resultan al fin, frente a la poderosa maquinaria del Estado que todo lo prevé, inocuas éstas y otras acciones y por lo tanto, absurdas? ¿Son tal vez formas de expresar emociones complejas e interiores (puede que incluso originadas por el propio sistema social) que de otro modo no podrían ser expresadas y debemos, por tanto, tolerarlas? ¿Debemos tolerar tanta tolerancia?

Pöló

P.S.: Siendo éste un artículo sobre el agua, hago notar la falta de menciones al río Duero que, desde el máximo pudor, está lleno de mierda.

P.P.S.: He de informar que el chorrito del Santo Martín ya ha sido eliminado. Lo han tapado con una plancha metálica fulminante y desproporcionada. No hay cartel informativo alguno.

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