Flamenco y rock and roll: cantes valientes

¿La fecha? Pongamos 1988.

¿El lugar? Un hotel a las afueras de una gran ciudad.

¿La hora? Tal vez las 2:00 A.M.

¿Y la historia? The Rolling Stone viven una de sus giras más impresionantes. Representan el éxito del rock and roll como ninguna otra banda. Llenan estadios. Tocan dos y tres noches en las grandes ciudades de medio mundo. Son poco menos que dioses, aunque Mick Jagger crea que, a esas alturas, ya está por encima del altísimo.

Terminan un concierto en Madrid y llaman al manáger. Le piden que venga Camarón. Camarón de la Isla. Al hotel. Ahora. Le invitan a ofrecer una suma de dinero desorbitada. Una suma imposible de rechazar. Dice Keith: ¿Te acuerdas cuando nos llevaron a Ginebra en helicóptero para tocar en la casa de un empresario? El tipo de la BMW –responde Jagger. ¡Pues eso! Ofrécele 50 kilos o 100… ¡Pero queremos que venga esta noche! [Todos ríen]

El mánager telefonea al representante de Camarón. La diferencia entre mánager y representante aquí sí es pertinente. A medida que avanza la conversación telefónica la suma se incrementa un poco más. A estas horas, nadie osaría a despertar al cantaor, pero los Stones son atrevidos. Son lo más. Están en lo más alto y sabe que nadie puede rechazarlos a estas alturas de la vida, después de vender varias decenas de millones de discos en todo mundo. Y menos un gitano. Un pobre diablo enganchado a las siete lacras del pecado.

A los pocos minutos, mientras los Stones se impacientan por sus caprichos insatisfechos, suena el teléfono. Alguien corre a avisar al manáger. Es Ramón. El representante de Camarón. Su hombre de confianza. El único capaz de despertarlo de madrugada para ofrecerle un viaje en helicóptero. Un concierto privado a las tantas de la madrugada. Y más de cien millones de las antiguas pesetas.

He hablado con Camarón. La cantidad ofrecida le parece bien, sí.

No habría problema por los horarios, no.

Pero… dice que no canta para señoritos.

Una historia con las manos

Sustituyan Camarón y lean Poncho K. Sustituyan Rolling Stone y coloquen a cualquier otro artista servil, sin recorrido, sin saber lo que pretende. La historia de este sevillano errante es flamenca en las tierras del rock y rockera en su Andalucía natal. La tierra del flamenco por excelencia. Es independiente y, por eso, es osado. Una historia creativa y original. Por eso sigue tocando en pequeñas salas y alterna giras acústicas con conciertos eléctricos acompañado de su banda. La sencillez es una de sus armas y su música se ha impregnado de ella. De humildad. De experiencia.

03-poncho

Poncho K en La Cueva del Jazz. E. D. V.

El concierto empieza con una vieja canción ya convertida en himno. Poncho K se lanza casi en solitario mientras la instrumentación –dos guitarras y una batería- conquistan el espacio sonoro poco a poco. In crescendo. Podemos disfrutar de un artista más maduro que en otras ocasiones, capaz de sacarle todo el jugo a un repertorio que bebe del rock y del flamenco, de Triana y de Leño. De Camarón y de Extremoduro. De Sevilla, pero también de Madrid.

Borracho de la madrugá”, “La tarde viajera” o “Corrientes demolientes” son algunas de las canciones que se suceden para templar los ánimos, para comprobar hasta dónde estará dispuesto a llegar el público en este viaje. La Cueva del Jazz congrega a poco más de medio centenar de personas que, a esas alturas, saben que serán testigos de un concierto irrepetible, porque Poncho se ha vestido de flamenco, con su camisa colorá como de traje de boda, con su banda engalaná, sin mucha estridencia, sin mayores florituras que las de su voz. Y sus letras. Esas letras que deseamos los poetas.

El bicho” nos baja de golpe. Se acabó la fiesta. La diversión. Es hora de recordar al padre. Y al cáncer. A la droga dura y los sentidos variables de una letra tan clara como críptica. Poncho está solo sobre el escenario y canta desde lo hondo. Desde la raíz seca. Alza la cabeza y grita. Ama desde aquí abajo, a pesar del sufrimiento y del recuerdo estéril. De la bronca y la jarana. Del malentendido. De las cosas que no pudo decir a tiempo.

Despertando” es el nombre de esta gira, una suerte de antología que recoge las esencias de más de quince años de carrera. A partir de ahí se suceden los singles, los temas memorables que todos reconocemos al primer acorde. “Pistolas”, “Al marchar” o “Una historia con las manos” ponen a la banda en pie, a pecho descubierto, demostrando potencial y dominio de los tiempos. El público disfruta. Han pasado muchos años desde aquel primer disco y ya tocaba un concierto de grandes éxitos, de hits. Un concierto de cantar.

Si pensabas que tocaría su disco en directo (publicado en abril de 2016) al pie de la letra: te equivocaste. Si creías que acabaría con el viejo single que te sabías de memoria: fallaste. Si imaginabas una banda con guitarras eléctricas y pose de rock tradicional (si es que eso no es un oxímoron en pleno siglo XXI): no tuviste suerte. Si soñabas con el Poncho flamígero que se torna flamenco por momentos: tampoco estuviste acertado. Y si, simplemente, fuiste incapaz de reconocer a un artista con trayectoria y talento, con himnos y poesía, con magia y sutura: no fue tu día. Pero no lo olvides. No lo olvides: Poncho K no toca para señoritos.

David Refoyo.

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