Para no olvidar

Y si el tiempo logra convencerte y a lo lejos…

Todos los afortunados tenemos amigos músicos. Y todos los que lo somos tenemos el deber moral de irlos a ver allá donde sea y gritarles desde primera fila. Aunque lo que hagan suene peor que una canción de Leonardo Dantés a capella y ellos sepan que tú lo sabes. You have to. Son tus colegas. Pero a veces –algunas– resulta que los seguirías al fin del mundo no porque quieras apoyarlos a muerte, que también, sino porque, además, lo que hacen es bueno y porque su música te gusta de verdad, sin necesidad de palmaditas condescendientes en la espalda.

Hay cosas que son lo que son por sí mismas y, sobre todo, por lo que significan. El primer recuerdo que tengo de N-122 es de verlos  un verano en Televisión Zamora en una actuación en Tábara estando yo aún en el colegio. Muchos años después, también recuerdo la primera vez que los vi en directo en la Plaza Mayor de Zamora cuando compartieron escenario con un pequeño grupo que tenían mis amigos, que ahora ya no sé si por entonces eran Midnight, Replica-II o Babia. Precisamente ellos eran los amigos con los que iba a ver a N-122, con los que bebía cerveza y con los que traficaba por MSN con sus maquetas que quedaban para la posteridad regrabadas en discos Verbatim. Amigos que ayer estaban en el concierto de despedida de N-122 en el Ávalon y que sé que sentían lo mismo que yo. Llámese pena, nostalgia o solo morriña por decirle adiós casi del todo a esos años de irse a ver de un pasillo al otro en el instituto y compartir radiador en los descansos. Por bajar la trapa a un tiempo que nos hizo ser lo que somos y de los que cada vez queda menos. Ya no tenemos ni el Molly, ni el Popan, ni Coliseum, ni los cafés de los lunes. Ni la N.

N-122 en el Ávalon

N-122 en el Ávalon

Álex me decía ayer que cerrar etapas es bueno porque significa que empiezas otra, y tiene razón, pero es inevitable sonreír solo a medias cuando el tiempo que termina fue bueno. Ayer en el Ávalon, en casa de Álvaro, vimos despedirse a tres (cuatro) amigos que disfrutaron sobre el escenario y a muchos otros que formaron parte de él durante todo este tiempo sosteniéndolo desde abajo -y que ayer también estuvieron encima-. Vimos desaparecer la tristeza en veinte canciones en las que escuchamos lo de siempre elevado a la máxima potencia: una pasión compartida por compañeros de vida que no pararon de sonreír durante las dos horas de concierto aunque la procesión de recuerdos, de noches de hotel, de giras y de plazas iba por dentro. Y lograron que a todos se nos olvidara un poco eso de que estábamos tristes.

La N-122 fue, durante mucho tiempo, la única vía para salir de Zamora. Unos kilómetros de carretera que ahora tienen otro nombre y más señales pero que, irónicamente, son parte responsable y protagonista en este ‘hasta luego’. Como pasa en todas las despedidas, en realidad. Pero afortunadamente, durante este largo viaje, muchos caminos se han cruzado. Entre ellos el nuestro, aunque yo no sepa muy bien ni cuándo ni cómo. Y al final, aunque nos cerrasen también el Corsario, es un auténtico placer seguir compartiendo conciertos, cerveza y galletitas saladas con gente que admirabas en el instituto y que (gracias al los caminos del Señor que son inescrutables y casi siempre llevan a un bar) se acaban convirtiendo en tus amigos.

Gracias por todo a Apa, a Sergio, a Álvaro y a Aliste. A toda la N. Por demostrar que se podía y hacerlo, anoche y los últimos dieciséis años de rock zamorano. Y no sé si la de anoche fue una noche más o la de nuestras vidas. Pero tener por seguro que no la (os) olvidaremos.

Upe.

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