Se prohíbe mirar el césped, una aproximación

Cuando Marta Ruiz de Viñaspre se levantó de la camilla, con el torso desnudo y con una tenebrosa locución radiofónica de fondo, supe que estábamos ante una propuesta teatral que, como poco, nos aproximaría hacia el vértigo. Un vértigo al que sólo puede acercarte la poesía descarnada y sin miramientos de Alejandra Pizarnik. O la muerte.

La jaula se ha vuelto pájaro
y se ha volado
y mi corazón está loco
porque aúlla a la muerte

Se prohíbe mirar el césped en la Sala de Cura

Se prohíbe mirar el césped en la Sala de Cura

“Se prohíbe mirar el césped” cuenta, a través de una sucesión de versos, poemas y citas de diarios personales, los últimos meses en la vida de la poeta argentina, mientras agonizaba en el Hospital Pirovano de Buenos Aires. Allí escribió uno de los poemas más intensos, avasalladores y creativos de la poesía escrita en nuestra lengua. Un ejercicio de incontinencia que dinamitó el concepto de poesía y que sirve, sin embargo, para sustentar el universo recreado en el espectáculo.

                  por no hablar de New York y el del West Village
con rastros de muchachas estranguladas
                 -quiero que me estrangule un negro -dijo
-lo que querés es que te viole -dije (¡oh Sigmund! con
vos se acabaron los hombres del mercado matrimonial que frecuenté
en las mejores playas de Europa)
  y como soy tan inteligente que ya no sirvo para nada,
  y como he soñado tanto que ya no soy de este mundo,
  aquí estoy, entre las inocentes almas de la sala 18,
  persuadiéndome día a día
  de que la sala, las almas puras y yo tenemos sentido,
tenemos destino.

El escenario: la Sala de cura, un antiguo matadero de la zona de la Horta. La elección del espacio puede resultar casual, pero en esta ocasión, formaba parte de la obra como un personaje más, como parte del mundo interior de Pizarnik. Qué bella metáfora, tan destructiva y decadente, que la representación de un manicomio en una sala de despiece. Cerdos y humanos purgados e indignos en un mismo plano moral entre paredes blancas. Desconchadas.

 Ustedes, los mediquitos de la 18 son tiernos
y hasta besan al leproso, pero
      ¿se casarían con el leproso?
      Un instante de inmersión en lo bajo y en lo oscuro,
      sí de eso son capaces,
      pero luego viene la vocecita que acompaña a los jovencitos como
ustedes:
     -¿Podrías hacer un chiste con todo esto, no?
     Y
      sí,
      aquí en el Pirovano
      hay almas que NO SABEN
      por qué recibieron la visita de las desgracias.
      Pretenden explicaciones lógicas los pobres pobrecitos, quieren que
 la sala -verdadera pocilga- esté muy limpia, porque la roña les da te-
 rror, y el desorden, y la soledad de los días habitados por anti-
 guos fantasmas emigrantes de las maravillosas e ilícitas pasiones de la
 infancia.
      Oh, he besado tantas pijas para encontrarme de repente en una sala
 llena de carne de prisión donde las mujeres vienen y van hablando de
 la mejoría.
 Pero
  ¿qué cosa curar?
 Y ¿por dónde empezar a curar?

Imposible salir indemne de un espectáculo como este. Imposible no aplaudir la valentía de Ghetto 13-26 al llevarlo a escena. La valentía para dignificar la depresión irresoluble que terminó con la vida de una poeta brillante y excesiva que, con sus versos implacables, cambió el devenir de la poesía tal y como la conocemos hoy. La valentía de acercarnos la poesía y su voz sin juicios ni prejuicios. Pura libertad.

Una mezcla de ingredientes poco habituales para demostrar que se puede hacer teatro, otro teatro, fuera de los circuitos oficiales y de la progresía, tan culta el sábado por la tarde en sesión de 20:30 horas. Propuestas iconoclastas que destrozan los tópicos y quiebran el paso, desconcertando al espectador en un choque de emociones: fuimos sparrings.

Una propuesta transmedial que aunaba la música en directo (de una calidad absolutamente impresionante), con efectos de sonido y vídeo, proyecciones, iluminación, poesía, atrezzo… cualquier elemento que favoreciera el discurso al servicio de la dirección creativa de Félix Fradejas. Una demostración de sensibilidad y crudeza para la que se requiere un innegable talento.

Recuerdo mi niñez
cuando yo era una anciana
Las flores morían en mis manos
porque la danza salvaje de la alegría
les destruía el corazón.
Recuerdo las negras mañanas de sol
cuando era niña
es decir ayer
es decir hace siglos

Un vino y el intercambio de impresiones acabaron con la velada y con la muestra que Baychimo Teatro y Sala de cura organizan desde hace tiempo. ¿Habrá próxima edición el año que viene? Como ellos mismos decían: no se sabe. Lo que está claro es que propuestas así, sin cabida en los grandes teatros de la ciudad, necesitan un espacio. Un espacio de libertad y dedicación.

David Refoyo

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