La Milker Band: caminos de baldosas amarillas

Todos pensábamos en Prince. Nos habíamos creído su historia, su leyenda, lo que nos había contado la televisión durante todo el día. Y se aprovecharon de ello para rompernos los esquemas en toda una demostración de actitud, de puesta en escena, lo que, comúnmente, se reconoce como “tablas”.

Queríamos rendir homenaje a un genio recientemente fallecido. No hablamos del genio de Mineápolis, hablamos del genio de Malasaña. Nosotros somos más castizos, como Manolo Tena. Y comenzó a sonar Marilyn Monroe, de Manolo Tena. Una versión trabajada y adaptada al universo Milker Band, al rock urbano de tintes clásicos y arreglos contemporáneos con el que muchos de nosotros seguimos disfrutando.

milker_band

Era la segunda canción y los chicos de la Milker ya habían puesto su cartas sobre la mesa: un sonido contundente donde destacaba la guitarra de Sergio Portales, un joven zamorano llamado a ofrecer muchas tardes de gloria en el rock nacional; la voz rasgada y profunda de Álvaro de Lera y su especial cuidado de las letras heredado, tal vez, de bandas y solistas de prestigio como Extremoduro o Joaquín Sabina.

Quise escrutar sus influencias y encontré una voz propia. Quise reconocer sus metáforas y encontré reminiscencias de muchos grupos a los que admiraba, demostrando ser una banda versátil y permeable, sin miedo a lanzarse al vacío, con unos principios sólidos e inquebrantables con el rock, en toda forma y esencia, como bandera. Y quise vislumbrar a Los Enemigos detrás de aquello y me equivoqué, pero el aroma es compartido.

El rock es una filosofía de vida, una forma de entender el mundo, de abrir los ojos y trazar puentes. El rock es una actitud que no entiende de oficios y distinciones, cuya dosis, letal algunas veces, se inocula del mismo modo en Las Ventas que en la discoteca de Villaralbo ante poco más de cincuenta personas. Se trata de disfrutar del camino, de la carretera, del público más o menos entregado. Y el de aquella noche, en aquella velada organizada por la Asociación Valdebufo, era frío. Y desconfiado.

Canciones como Banderas desahuciadas o El príncipe de los piojos y algunas versiones como Rock and roll star, de Loquillo y Los Trogloditas, o Maggie despierta, de M-Clan, convirtieron el frío en ojos iluminados y la pausa en movimientos suaves y acompasados que invitaban a danzar junto al fuego en una orgía tribal. Había ganas de música, de rock and roll, de que la noche que nos hizo sentir jóvenes, no terminara tan pronto.

Una banda de rock es de ley cuando no escatima, cuando no se guarda ases en la manga, cuando despliega el juego del mismo modo, sin trampas, sin trucos, sin negociaciones. Cuando no se detiene a pensar si Madrid o Zamora o Springfield. Cuando conoce sus fortalezas y las explota, sin miedo a meterse en los charcos, a empaparse. Y La Milker, una vez más, hizo del rock un acto de fe.

Y todos creímos.

No estaban Robe Iniesta, ni Fito, ni Johnny Burning. Tampoco subieron al escenario Loquillo o Rosendo, ni Joaquín Sabina. Las letras no estaban firmadas por Carlos Segarra, Enrique Bunbury o Pepe Rise y, a decir verdad, no los echamos de menos. La Milker condensó el legado de tantos mitos en una pócima para la que no hay antídoto. El rock and roll.

Bis

milker_band_2

Después de anunciar una breve pausa, parte del grupo se colocó delante del escenario, a pecho descubierto, sin micrófonos, sin enchufes. Había llegado el momento de demostrar autenticidad y eclecticismo: principios. Y la banda, o lo que quedaba de ella, se arrancó unos temas de flamenco fusión homenajeando a Kiko Veneno y al legendario Paco de Lucía sin más ayuda que un par de guitarras y un cajón flamenco que sonaba, gracias a Jaime Álvarez, como una batería de setenta piezas. El público, para entonces miembros de una especie de hermandad, de familia, rodeábamos a la banda como quien observa un tesoro. Y brillaba. Y era nuestro. En exclusiva. Y estaba ahí al lado, apenas a dos metros.

Y pensé en la suerte y en el trabajo. En la pamema. En el teatro. En los papeles y las papeletas. Y en el valor. El valor de hacer música siguiendo las únicas directrices del sentimiento, del corazón. Y eso es algo que no entiende de estilos, ni de palos, ni de melenas al viento o camisas de cuadros. Es algo que sólo entiende de magia. Y La Milker es magia. Es ilusión. Es rock and roll actitud. ¿Acaso hay otra actitud posible?

David Refoyo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s