Abril es valoración y eco

Llega Abril con la calma que caracteriza a la Zamora post semana santera, la resaca después de la multitudinaria fiesta, la excesiva quietud que devuelve la tranquilidad a una tierra resignada a resucitar en la Pasión y a volver a morir con cada Resurrección; siempre al revés, Zamora.

Volvemos a ver desfilar la caravana de coches por la Ruta de la Plata, y el AVE hace que los jóvenes zamoranos en Madrid se puedan marchar más rápido este año. Zamora ya es sólo un recuerdo en la mente de las miles de personas que pasaron por aquí.

Cada año la Semana Santa deja anécdotas, temas para amenizar las conversaciones del café mañanero en el bar de turno a la vuelta a la rutina. Una vuelta a la rutina cargada de titulares sobre récords de turistas, protagonismo en medios nacionales e internacionales y un sabor de boca a gloria y aceitadas. Y en ese punto me encuentro yo, y a lo mejor te encuentras tú: sentado en el bar de turno después de la fiesta, dando vueltas a un café cuyo ruido de cuchara hace eco ahora por toda la ciudad, hablando con tus amigos y tu familia por el móvil otra vez, y pensando ¿y ahora qué? Aquella gloria vuelve a convertirse en olvido, los titulares sobre récords de turistas vuelven a convertirse en récords de jóvenes emigrantes; el crecimiento de la población estos diez días vuelve a convertirse en la caída brusca día tras día, y la jubilación pasa a ser la protagonista, otra vez. La bien cercada, cercada de nuevo por el abandono.

Estos días son de valoración, tanto en la prensa como en las bocas de los ciudadanos que ya tienen conversación para unos meses: que si lo hicieron fatal en La Soledad, que si fíjate cómo iba La Mañana vacía de cofrades en la Plaza Mayor o que si has visto el vídeo del loco que iba detrás de la Vera Cruz haciendo el tonto.

Aunque quizá no deberíamos ver la paja en el ojo ajeno (sólo), y reflexionar sobre nuestra aportación individual.

Quizá deberíamos comportarnos igual cuando la procesión está desfilando y cuando está en fondo y no ponernos a hablar como si estuviéramos tomando unas cañas con el amigo que va procesionando delante. Quizá no deberíamos meternos “un momentín” en el medio para hacer una foto al Cristo con nuestro nuevo Iphone creyéndonos Kudacki. Quizá no deberíamos, directamente, ver o desfilar en una procesión si no nos interesa.

Pipas por el suelo, cofrades irrespetuosos con los espectadores, músicos comiendo en medio de la procesión, corrillos de hermanos hablando de temas personales en alto como si le interesaran a toda la ciudad, chisteos reiterados cuando se apagan las luces de la calle y queda todo oscuro demostrando inmadurez supina…

Soy de la opinión de que la Semana Santa tendrá que evolucionar hacia donde quiera la gente, hacia donde nos lleve nuestro sentido, y los comportamientos podrán ir cambiando conforme pida la sociedad, pero las faltas de respeto son otra cosa.

Mucho sentimiento en redes sociales, poca demostración en la vivencia.

Manuel Rodríguez Gago

 

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