Cervantina, una droga dura

Puede que ese lugar de la Mancha de cuyo nombre ninguno nos acordamos, esté más cerca de lo que creíamos, tan cerca, que lo llevamos dentro. Y nos acompaña y nos acusa como bien apuntalaba en sus versos el legendario Claudio Rodríguez.

Se cumplen 400 años de la muerte de Cervantes y, a falta de homenajes oficiales, a falta de un discurso justo y cabal desde el Ministerio de Cultura, nos conformamos con una representación teatral -acaso la política no lo es- que nos haga sentir que hemos cumplido con el expediente. Que nosotros, como ciudadanos cultos y burgueses que somos, sí hemos rendido la pleitesía que desde otros púlpitos se niegan al genio español.

Un momento de la representación de "Cervantina". Foto: Facebook del Teatro Principal de Zamora

Foto: Facebook del Teatro Principal de Zamora

Más allá del personaje y de su trascendencia literaria, nos entregamos al espectáculo y a la diversión como niños pequeños. La Compañía Nacional de Teatro Clásico se ha empeñado en acercar la obra de Cervantes a todos los públicos, a todos nosotros, a quienes hemos leído El Quijote y a quienes no, a quienes sentimos fobia por la grandilocuencia de la lírica clásica y a quienes encontramos en esa narración una capacidad expresiva de altura. A quienes reconocíamos los rostros que ondeaban al fondo del escenario y a quienes tuvimos que buscarlos en Google para entender que sí, que en España, a pesar de todo, también tuvimos Renacimiento. Aunque fuese tarde.

Y es que hay dos formas de enfrentarse a la obra de Cervantes. Una, la inmovilista. La que trata sus escritos como un sagrado sacramento y que ha llevado, a través de los años, a un olvido lamentable provocado por gobernantes, educadores, padres y ciudadanos –¿es que nadie va a pensar en los niños?-. Y otra, la que se sirve de esa misma obra para hacer aflorar las esencias y abrir los ojos. Esta es menos canónica, tal vez menos intelectual, pero sin duda, mucho más efectiva.

Cervantina” apuesta sin fisuras por elaborar un cóctel efervescente que, apoyado en la música, en el efectismo de la tecnología y en la capacidad de un puñado de actores sensacionales, de transmitir un mensaje difícil y contundente. Un mensaje de libertad, porque, ¿para qué otra cosa sirve la cultura sino para emancipar a los ciudadanos y lograr que pensemos por nosotros mismos?

Una oda a la literatura, a la creatividad, a la originalidad. Una obra extraordinaria para un público poco acostumbrado a ello. Una cerrada defensa de los valores cervantinos, de la lucha contra el poder, de los molinos y los gigantes, de la belleza en estado puro, sin concesiones, aunque, como cantaba Camarón, a veces duela.

El cartel de “no hay billetes” no fue fruto de la casualidad. El Teatro Principal de Zamora estaba repleto, hasta el último de los asientos y el público, como no podía ser de otra manera, entregado desde que se levantó el telón. Desde que sonó el silbato del árbitro. Y es que se respiraba magia en el viejo patio de comedias. Magia de otro tiempo. Magia que ninguna otra disciplina audiovisual transmite con la potencia del teatro, que demostró, una vez más, gozar de un estado de forma que ya quisiera Cristiano Ronaldo.

Un momento de la representación de "Cervantina". Foto: Facebook del Teatro Principal de Zamora

Foto: Facebook del Teatro Principal de Zamora

Un divertido remake dirigido con maestría por Yayo Cáceres, que olvidó los dogmas y los textos intocables para dar la batalla del teatro con mayúsculas. Versiones de clásicos como El celoso extremeño, El coloquio de los perros, El hospital de los podridos -tal vez el momento culmen de la noche con una demostración de tablas ante la adversidad que levantó las mayores ovaciones-; Don Quijote de la Mancha, La Galatea o La gitanilla nos recordaron la necesidad de no perder de vista quiénes somos, de reivindicar a los nuestros a pesar del ostracismo al que son sometidos.

Fuimos testigos de algo grande, inusual, que se comentaba en los pasillos cuando sonrientes, como víctimas de un orgasmo, abandonábamos el edificio aplaudiendo la jugada. Maestra. Quise creer que los que allí estábamos somos hoy un poco más quijotes, más soñadores, más justos. A ello se afanó una compañía que no dejó de lanzar puyas iconoclastas sobre nuestro conformismo, nuestra aceptación de un destino cultural al que no nos oponemos con la suficiente contundencia.

Y puede que tuvieran razón. Leyendo la resaca de la sesión de investidura y la ingente proliferación de artículos en busca de culpables, que obviaban por completo la voluntad de los ciudadanos, recordaba que “no hay vacuna ni aspirina, que cure la cervantina”. Pero hay que tener el valor de enfrentarse a Cervantes. No en vano, perdió una mano en plena batalla.

David Refoyo

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