El mapa de América

Valencia no es California y Vigo no se parece a Nueva York. Estados Unidos es la inmensidad y aquí, como quien dice, acabamos de descubrir el baloncesto y las baterías de litio. Ninguna de nuestras universidades figura en lo alto de la lista. Salamanca no es Yale ni Granada puede compararse con Harvard. Pero tal vez -y recalco el tal vez- la meseta castellana sí se reconozca en las grandes llanuras de Norteamérica.

Un momento del concierto de Ángel Stanich capturado por @zamoraocio.es https://www.instagram.com/p/BCRMW5-RVS4/

Un momento del concierto de Ángel Stanich capturado por @zamoraocio.es https://www.instagram.com/p/BCRMW5-RVS4/

Enormes campos de cereales amarillos mecidos por el viento del norte. Pueblos dispersos como casitas de Monopoly y una mentalidad marcadamente conservadora, anclada a una patria que quizá no se corresponda con la terca realidad. Cierta nostalgia endémica a la que los habitantes del lugar llaman historia o el demonio. Una inquebrantable fe en el Altísimo a pesar de la blasfemia. La importancia del folk en la vida cotidiana, en las costumbres, en la cultura que palpita bajo las faldillas de la mesa camilla.

Y la música.

Arizona Baby, The Bright, Corzo o Ángel Stanich son buena prueba de esa extraña conexión intermesetaria. De cómo la Deep Spain se ha convertido en el epicentro de la música americana hecha en esta tierra. Un viaje hacia el origen, hacia las raíces, como si la tradición local, después de décadas de un fino y persistente -como el chirimiri- imperialismo cultural, se hubiera fusionado sin remedio hasta confundir al Cid y a Búfalo Bill como referentes de nuestra cultura popular.

Acaso no es Bob Dylan tan nuestro como Manolo Escobar. O Johnny Cash más reconocible en la herencia musical que la sombra de Lola Flores. De dónde bebían Los Chichos. De dónde Los Planetas. O Rosendo. La historia musical de este país, para bien o para mal, es la historia musical de todos los países. Occidente es uno. Es grande. Y es libre.

Y el mapa de América.

He visto los mejores cerebros de mi generación destruidos por Ángel Stanich, por un sonido extraído de las profundidades del 73 que sigue plenamente vigente. Un aullido a lo Allen Ginsberg, un puñado de rosas amarillas emulando la precisión de Raymond Carver o tal vez unos poemas de la última noche de la tierra firmados, de puño y letra, por el mismísimo Charles Bukowski.

Es la aceptación de un universo cognitivo aprehendido, son los versos lúcidos de Elise Cowen o los afilados tentáculos en la poesía de Mary Norbert Körte. Es la femenina trascendencia de Tess Gallagher o la configuración de un esquema sonoro donde la mecedora y el rifle no parecen extraños, no para quien cree que una carretera secundaria de la zona de Alcañices alberga la posibilidad de encontrar un Cadillac. No un Cadillac solitario, no, más bien un coche verde frente a la tienda de ultramarinos.

Esta traducción de los elementos culturales americanos a la música en castellano se fundamenta en una suerte de apropiacionismo, una técnica artística defendida por el escritor Agustín Fernández Mallo en su obra poética y narrativa. Es una traducción ajena a Google que, sin embargo, ancla sus raíces en las series de televisión, en Hollywood o en Los Simpson. Es un acercamiento a la música de ficciones que ya habían sido implementadas en otras disciplinas artísticas como el cine o la literatura. Una de las propuestas más acertadas de esta americanización del concepto, y el concepto es el concepto, es la del poeta cordobés Pablo García Casado, que realizó este mismo ejercicio con gran éxito en sus libros Las afueras (1997), El mapa de América (2001) y Dinero (2007), los tres publicados en la ya desaparecida DVD Ediciones.

Por un puñado de aciertos

A un puñado de canciones que no nos suenan extrañas, una ambientación creíble y sustentada en la cultura popular más representativa, unas letras que mezclan las vivencias personales con el cine y un toque canalla que roza el underground del extrarradio, Ángel Stanich suma un fantástico sentido de la composición, del ritmo y del sonido.

Son los arreglos de una banda bien empastada los que consiguen despertar a La cueva del jazz y hacernos sentir dentro de un antro de carretera. Aquí no hay Harley Davidson en la puerta ni voluminosos hombres tatuados dispuestos a armar bronca. Hay un envolvente sonido que, como el LSD, consigue embargarnos y hacernos disfrutar de un concierto difícil de olvidar.

Es esa guitarra eléctrica, candorosa e imprudente, la que define una fuerza contenida que, a medida que avanza el espectáculo, estalla sobre el escenario, salpicándonos a todos de una pasión a veces añorada en los escenarios zamoranos. El rock, el sonido americano, nunca más saldrá de nosotros. Y Ángel Stanich, con sus Outsider, El cruce, Camino ácido o Carbura, consigue convertirnos en habitantes de un pueblecito de Texas. De Texas de Aliste concretamente.

David Refoyo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s