La Cueva del Soul

Cueva Puerta Nueva

No me he confundido, me he tomado una pequeña licencia. No se debe cambiar el nombre de algo que ha creado marca yque todo el mundo referencia, pero es que la Cueva del Jazz tiene alma, mucha alma. Es esa madre y amiga a la que todos vamos cuando necesitamos encontrarnos a nosotros mismos porque en ella hemos crecido como músicos, como amigos, como personas.

No es exagerado llamar madre a la Cueva del Jazz pues solo el cariño de una madre te da la opción de, incluso casi sin merecerlo, pisar el mismo escenario que músicos como Javier Krahe, Mojo Muldrow, Wilko Johnson, Boo Boo Davis o aquella banda local cuyos músicos fueron tus héroes de juventud. Solo ella te pone la mesa cuando llegas y se alegra de volver a verte después de meses, e incluso años, sin cruzar el umbral de la puerta. Solo una madre suda como lo hace el ya mítico local de la Plaza del Seminario 3 o el de Puerta Nueva 30 cada noche desde hace ya 32 años. Especialmente las noches en las que se pone guapa a ritmo de rock o jazz.

Pero no lo hace sola: Rosa, Míguel – con tilde en la i- y ahora también Lidia y Óscar son sus órganos motores, su tempo y su melodía nocturna. Son ellos los que siempre tienen la cremosidad de la cerveza y la sonrisa de después de un solo de guitarra.

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Tal vez una persona que nunca haya tocado en ella no pueda sentir la plenitud de un instante de silencio o locura encima de su escenario, un privilegio de aquellos que hacemos sonar algún instrumento. Pero la Cueva es una madre generosa con todos y para todos reserva un momento, una esquina o un recuerdo al que agarrarse en alguna de sus paredes. Tu mejor cerveza, el más sentido Coltrane o la calada de ese cigarro que esperas nunca termine para que el momento que estás viviendo dure eternamente. Pequeñas caricias inesperadas en forma de síncopas bluseras y glisandos que suben y bajan por la espalda como un escalofrío placentero.

A ritmo binario, ternario, compuesto, con subdivisión interna y sin ella la Cueva, nuestra Cueva, cumple ya 32 años insuflándonos bocanadas de aire como cada 30 de diciembre hace Ñaco con sus armónicas para celebrar un año más de música. Brindemos por Rosa, por Míguel, por Lidia, por Óscar y por Héctor. Brindemos por la Madre de todas las cuevas, pero sobre todo, por la Cueva del Jazz.

Long live the Soul Cave. Perdón, larga vida a la Cueva del Jazz.

Javier Martín Denis

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