Por los puentes de Zamora

Zamora no sólo ocupa un lugar de excepción en la Literatura Española por los muchos y grandes escritores que ha visto nacer y albergado, sino por su propia presencia en algunas de las obras más icónicas de nuestras letras. Los lugares y nombres que conforman una vida se salvan sólo a través de la obra y Zamora ha quedado inmortalizada desde el Romancero hasta nuestros días.

El poeta bilbaíno Blas de Otero, uno de los máximos representantes de la Poesía Social de los 50, es uno de los autores en los que la ciudad del Románico ha dejado su poso de niebla y arte.

“El Duero. Las aceñas de Zamora.
El cielo luminosamente rojo.
Compañeros. Escribo de memoria
lo que tuve delante de los ojos.”

Otero, coetáneo de Claudio Rodríguez y gran amigo del escultor zamorano Ramón Abrantes, escribía estos versos en su “Pido la Paz y la Palabra”.

El propio don Claudio los referenciaría años después en un poema titulado, precisamente, “Blas de Otero en el taller de Ramón Abrantes, en Zamora.”

“Sí, entre el barro / y el alma, / cuando la luz se hacía mediodía / y el manantial, y el cielo / “muy luminosamente rojo”, como dices, / entonces, a dos pasos, / se abría el puente y abrazaba el agua, / tan íntima y fecunda, / y la tejía entre sus ojos limpios, / y la amasaba libre, / con el molde sudado y respirado, / junto con los amigos.”

En el poema “En el corazón y en los ojos” se nos brinda una enumeración de topónimos rurales, muy del gusto de la poesía social castellana, en la que el afán recopilatorio del poeta realista y apegado a su tiempo se entrecruza con ese tono intimista reservado a las ciudades que se te meten en el alma nada más nacer.

“Plaza de Santa María la Nueva.

Una

paloma en la espadaña.

Inhiesta.

Pura

palabra, hiriendo el cielo.

Villaralbo.

El aire

se desnuda…

También escribe don Blas en “Que trata de España” que “Zamora era de oro, / Ávila de plata.”

No sabemos si hay una gradación olímpica en ello ni si los imagineros estarán muy de acuerdo en que el oro sea el metal más adecuado para identificar a Zamora pero, en cualquier caso, parece un halago.

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Y si hablamos de este idilio entre Blas de Otero y Zamora, no pueden faltar sus versos dedicados a los puentes de nuestra ciudad, que aparecen en múltiples poemas:

“Crepúsculo y aurora.
Puentes de Zamora.
…”

“Puente de piedra, en Zamora,
sobre las aguas del Duero.

Vieja piedra cansada
de ver bajo tus arcos
pasar el tiempo.”

“Por los puentes de Zamora,
sola y lenta, iba mi alma.
No por el puente de hierro,
el de piedra es el que amaba.
A ratos miraba al cielo,
a ratos miraba al agua.
Por los puentes de Zamora,
lenta y sola, iba mi alma.”

Hoy tendría que añadir otro puente al romance: El que es por muchos llamado “Puente de los Poetas”, para cerrar el círculo.

Miguel Pérez Martín

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