Una tarde en el motor de un autobús

Cuando Los Planetas lanzaron aquel mítico disco ninguno de nosotros soñaba siquiera con tocar una guitarra, mucho menos con subirse a un escenario. En 1998 pensábamos en el partido de baloncesto del sábado y sólo si la fecha estaba señalada en rojo nos planteábamos colarnos en aquellos garitos para mayores de dieciséis que tanto se llevaban entonces.

Pero han pasado dos décadas y “La copa de Europa” o “Segundo premio” ya forman parte de nuestra cultura musical, aunque nunca lo reconozcamos en público, porque todos sabemos que alguien que defiende a un grupo consagrado como Los Planetas pierde la aureola de moderno y todo su criterio musical queda en evidencia por un apoyo que, a estas alturas, ya resulta intrascendente.

Aquella mañana sonaron los primeros acordes y todos en la oficina reconocimos la melodía en cuestión de segundos. Nos miramos por encima de nuestras pantallas y sonreímos. Volvimos a sentirnos jóvenes, a creer en nuestra eterna juventud como si el calendario no nos dejase las cosas claras cada mañana. Y sentimos, como decían Platero y Tú por aquella época, que no estamos muertos.

Una sucesión de comentarios y una increíble sensación de venirse arriba –esta vez no patrocinada por Aquarius- hicieron el resto. En poco más de tres horas, las que faltaban para empezar el fin de semana, estaba subido en una Mercedes Vito de alquiler junto a la banda zamorana de moda. Ventanilla bajada, pitillo sin encender colgando de los labios y, por supuesto, como primera lección de rock and roll, las gafas de sol al más puro estilo Jonnhy Burning.

Esa noche había concierto y las noches de concierto nos sentimos inmortales. Todos. Ellos, los músicos, por descontado, pero también yo en mi primera road movie junto a los chicos de El lado oscuro de la broca, algo más que una banda de shoegaze o lo que sea lo que ellos hacen – malditas etiquetas que lo ensucian todo-. Es ruido, sí, pero desde niño, emulando a Barricada, he sentido pasión por él.

Quisimos escuchar Una semana en el motor de un autobús y César, el batería-chófer del grupo introduce el cd. Coreamos estribillos pegadizos, nos reímos del mal sonido de la voz de Jota y hacemos chistes estúpidos con los nervios preconcierto que, como era de esperar, ya me habían contagiado. No comentaron el setlist porque lo llevaban trabajado con detalle a fuerza de ensayos. No dudaron ni un segundo en abrir con “Meseta” para empezar con un golpe en la cara de los asistentes. Las dudas, si las hubo en algún momento, se quedaron en tierra.

Como un niño con zapatos nuevos escuchaba las conversaciones de la banda de moda y me contagié de ilusión, pero también de ganas. Ganas por demostrar que se puede llamar la atención desde una ciudad como zeta, ganas de llegar un poquito más lejos, de grabar otro disco con mayor repercusión todavía. Ganas de seguir ofreciendo directos en cada rincón de España. Y, cómo no, ganas de dar que hablar.

El lado oscuro de la broca tiene una filosofía muy simple: dar que hablar. Es algo más que un grupo de música, es una forma de hacer las cosas, una pasión por superar el listón creativo una vez más. Y ese listón no se refleja en las canciones, o no solo, se refleja en los vídeos promocionales, videoclips, carteles, campañas de publicidad… todo lo que rodea a la banda desprende ese toque distinto, ese sello inconfundible que les ha llevado hasta donde están.

Al pasar el túnel comentamos cómo ficharon por El genio equivocado, su discográfica, y nos reímos al pensar en la cara de quien recibió la maqueta. Podían haberse hecho un Bandcamp y ser pesados a través de email y redes sociales, pero no, enviaron una corona de flores y una cita memorable: Te vas a morir. Y en el interior de la tarjeta: Del gusto. Firmado: Tus amigos de La broca. ¿Quién podía resistirse a fichar a un grupo capaz de llamar así la atención? La creatividad, aunque no lo parezca en estos tiempos de Instagram, es un bien escaso.

Después de tres horas de risas y chistes provincianos, de gallinas bajo el brazo y citas de Paco Martínez Soria llegamos a Madrid. A la Moby Dick, el escenario perfecto para conquistar la capital con la sorna pueblerina que desprendemos. Observo los movimientos, la descarga de los equipos, los insultos y los puteos entre ellos como método básico de concentración, que suben de intensidad a medida que se acerca la hora del concierto. Las necesarias pruebas de sonido y, mientras, disfruto de una Mahou bien fresquita acodado en la barra.

Poco después de las 22:00 horas, con la sala cada vez más concurrida, suena “Meseta”. Una declaración de intenciones para desgranar, canción a canción, las canciones que componen “Beta”, su primer trabajo discográfico: “De luces”, “Verdad lebrel” o “Los líderes africanos” intensificaron el tono de una fiesta que, a esas alturas, sabíamos que permanecería en las retinas de los asistentes, pero sobre todo en las mías.

Soy un músico sin grupo, un cantante sin micrófono, un guitarrista sin amplificador… pero esta noche soy un cronista, un tipo que se subió a una furgoneta para compartir un sueño durante un rato y se volvió a casa convencido de que, si siguen enviando coronas de flores y contagian su pasión por lo que hacen, llegarán a donde se propongan. Desde Zamora hacia el mundo, porque ya lo dice la canción que veníamos escuchando: algo nuevo/ algo aún por descubrir/ algo dentro de mí.

David Refoyo

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