Sony patentó el walkman o de cómo regresar al origen

Hay momentos, lugares, que denominamos patria. La infancia, aquel libro prestado de la adolescencia, una canción… Soy poeta y los poetas volamos, miramos más allá de las murallas y creemos en divinidades muy poco divinas: alcohol, tabaco, drogas, mujeres, musas. Soy poeta, sí, y los poetas no tenemos patria. A pesar de escribir metáforas, los clichés nos hacen la vida más fácil. Necesitamos los tópicos. Necesitamos los lugares comunes. Por eso, utilizamos ciudadanos del mundo como expresión arrojadiza, como arma para defendernos de los himnos sin letra. Porque somos de letras. Sí.

Es lunes por la noche. Mañana tengo un recital en Chachi & Chachi. Leeré poemas escritos durante años, pero llevaré versos de mi último trabajo, ese que verá la luz en los próximos meses. Un recital de estilo clásico, con su escenario y su público, con los versos como única posibilidad para tejer sensibilidades o salir derrotado. Palabras, simples palabras, colocadas una detrás de otra para penetrar en el silencio del oyente. Palabras colocadas en fila y acomodadas sobre un patrón musical para demostrar que la poesía es accesible, que está cerca de todos nosotros: en los diálogos de una serie, en una valla publicitaria, en un artículo del periódico o en el último gol de Nolito con el Celta de Vigo.

Ciudadano del mundo, decía, pero ya no lo digo. A estas alturas, ya no tengo que impresionar a nadie. Soy zamorano. Sé de dónde vengo, pero no sé a dónde me dirijo. Sé que mañana leeré versos de amor.txt y que la chica del fondo no olvidará que la era de la comunicación no garantiza el contacto. Sé que mi madre sonreirá orgullosa y que Arturo, ya tío, encontrará el toque irónico con el que parecer distanciado, pero yo sabré que la literatura le habrá mojado las mejillas. Y nunca se lo diré. Y él a mí tampoco. Es el secreto que nos mantiene despiertos.

Mañana sucederán muchas cosas. Será un día largo, con nervios y ganas, pero esta noche es la noche de un lunes. Un lunes precioso de mitad de octubre. Ha dejado de llover y la ciudad, silenciosa y efímera, ajena a la llegada de la alta velocidad y a los cortejos ministeriales, ajena a Berlanga y a Pepe Isbert, está dispuesta para el reencuentro. Quiero ser la ciudad y puede que la ciudad, por una vez, pretenda parecerse a mí.

Me acompaña. F. me acompaña siempre. Desgastamos las calles con nuestro paso ligero. Hoy no buscamos un Cadillac ni las vistas al océano. Hoy nos conformamos con unos tiberios en el Bambú y una sepia en el Duende. Nos conformamos con la tranquilidad, con la vigencia de los puntos de partida, conscientes de que el camino, ya desandado, no había hecho más que comenzar. Con el leve rumor del Río.

Todos tenemos una patria y la mía, la nuestra, está aquí. En este mirador que siempre pareció un tablón de anuncios. En esta quietud desde donde descifrar el horizonte, desde donde comprender las estrellas y los mapas cartográficos. Aquí aprendí los primeros acordes con los viejos amigos, aquí tracé los primeros esbozos a lápiz, aquí nos sentamos el día en que nos dimos cuenta de que la revolución nunca viene diseñada desde fuera. Aquí, bajo la atenta mirada de ese graffitti, una honda y cálida representación de Claudio Rodríguez, volvimos a besarnos.

Ya de vuelta, pensando en el recital, repetía una y otra vez las enseñanzas del maestro: dad al aire mi voz. Y que en el aire sea de todos. Y la sepan todos. Una letanía que, dicen, se escucha en la noche de los lunes, en el Mirador del Troncoso.

Mural de Claudio Rodríguez en el Mirador del Troncoso

David Refoyo

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