Réquiem por el paisaje de Worpswede

(Nótese la ironía y el cariño hacia el protagonista anónimo,
tan real que puede palparse)

La comunidad de habituales de la sala de lectura de la Biblioteca Pública le proporcionaba toda la familiaridad que le faltaba en su casa; las sillas de madera de pino sin cojín, la comodidad que no le daba su lecho y el horario de apertura todo el sueño que le quitaba la noche. Tantos eran los placeres que le producía este mausoleo del descanso, que aparecía cada día temprano sin saludar, tomaba concienzudamente siempre el mismo libro de fotografía sayaguesa y meditaba por sus primeras hojas, nunca sobrepasando la tercera página, para, apenas recién llegado, evaporarse en un regalo de muecas y ronquidos para el resto de madrugadores de la habitación.

Pero –oh!- aquella mañana de octubre un insólito estudiante de sociología se había adelantado en utilizar su particular nana para fines indecentes, de manera que, gruñendo, acabó por buscar misticismo en el diario de un tal Rainer Maria que comenzaba rezando “En verdad no se trata de un cuento”…y Morfeo llevaba una máscara que fue menguando hasta adaptarse a la cara de aquél, con su bigote, invitándolo a acompañarlo a la planta baja.

Están en una casa totalmente blanca, con frontispicio, perdida en medio de jardines, rodeados de cosas bellas y nobles, en habitaciones que rebosan la presencia de un creador, sentados en unas butacas soñadoras, esperando. Por la puerta de cristal entran, por fin, una serie de distinguidos caballeros acompañados de unas delicadas señoritas de blanco, que cantan, casi divinas. Son todos artistas, y el que había sido su guía, parte de esa familia, lee cuentos y versos sobre espejos y mujeres intocables y belleza. Todos ellos son hermosos, todos de una exquisitez eterna: Vogeler, Hans, Fritz, Otto, Paula, Clara; el pantano, las hojas, la llanura… todos viven en ese paraíso natural y todos trabajan para nutrirse de él.

Modersohn-Becker - Mond über Landschaft. Fuente: Wikimedia Commons

Modersohn-Becker – Mond über Landschaft. Fuente: Wikimedia Commons

Él, envuelto de una sensibilidad extraordinaria, acorralado por tanto talento, se siente, de repente, dichoso: transformado. Los creadores festejaban la belleza en la casa blanquísima desapareciendo en destellos con la luz de los ventanales. Comprendió entonces que eso significaba su despedida y, tomando la puerta de salida hacia un jardín sencillo y grande, igual que el arte que vivía dentro, se topó en las escaleras con un ser durmiente, que, ajeno a la cercanía del saber maravilloso que bailaba tras esa puerta, roncaba en profundo sueño, y se indignó, impotente.

Estefanía Martín

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Un comentario en “Réquiem por el paisaje de Worpswede

  1. Celia Ramajo Herrero dijo:

    Muy bien Estefania, nunca pensé que se pudiera hilar tan bien las palabras Worpswede y Sayago en un mismo relato.
    Enorabuena! Qué sigas haciendo mucho ruido que se te da genial.

    Me gusta

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