María Eugenia y su libro de horas

Pasada la efervescente, cálida, y muy mediática toma de posesión del nuevo Alcalde-Presidente del Ayuntamiento de Zamora, D. Francisco Guarido Viñuela, seguida con unos agradables largos de piscina, no menos agradables regulaciones de los sueldos a la baja, siempre tan efectivo. Recuperando el pulso de los sobresaltos propios de un neófito abriendo los cajones de su nuevo despacho (supongo que vacíos). De la convulsión y el caos de los primeros ratos, lógicos por la magnitud del seísmo en La Casa de las Panaderas, pasando a la tranquilidad, días después, con los dulces murmullos, cuchicheos, comentarios, al otro lado de la puerta noble. Puestos a imaginar …

Primero habrán sido los aduladores tradicionales, luego los pelotillas semiprofesionales, por supuesto de izquierda de toda la vida, esos que no han podido esperar al otoño al cambio de chaqueta, luciendo en el abrasador quintiles o lulius, en las piscinas públicas, un rojo bañador que cubra sus vergüenzas, dado que en las privadas (me consta) sigue de moda una sonrisa clara y cáustica de tanga, azul celeste, con estampados de agravio y resentimiento.

Pero dejemos todo esto de la ficción política y consigamos un rotulador rojo.

En cropped-4-1.jpg tenemos ilusión por ver cómo se va desplegando ese Libro de Horas que lleva de las manos María Eugenia Cabezas, Concejala de Cultura. Lo tiene repleto de señales, subrayados, acotaciones, citas…

En la portada puede leerse con letras doradas: CULTURA. Y tras un prólogo de buenas intenciones, dificultades heredadas, escasez de recursos, acercándonos mucho, pues el librito es hermoso, con la letra, eso sí, inadecuada para presbicios, intentaremos leer el título del Capítulo I — Haremos una ciudad en la que todos tengamos cabida en igualdad de condiciones.

Estamos en ese punto del enamoramiento en el que todo es bello, esperanzador, atractivo. No hemos sufrido aún el primer desengaño, no ha habido tiempo, es cierto. No hemos visto ningún rictus que afee la sonrisa seráfica de María Eugenia. La miramos y escuchamos lo que lee con su voz melodiosa, lo hacemos con la languidez y esperanza de los embelesados.

Todos, absolutamente todos; músicos, actores, cortometrajistas, pintores, creadores y grafiteros, danzarines, milongueros, encajeras, recoge pelotas, afinadores de pianos, murgas de carnaval, tendrán su plaza, su local, su carpa, o por lo menos su atención psicológica.

Como puede leerse en otro capítulo tomado al azar del preciado librito — La cultura no es un lujo, es una necesidad

Rezo desde esta ilusión, puede que como un enamorado que aún no ha sufrido el bofetón de la halitosis de la amada en el beso prometido. Es una oración que leí hace ya mucho tiempo al nada sospechoso Joubert: es mejor que haya muchas personas engañadas a que haya muchos granujas.

Por favor María Eugenia no pierdas ni te dejes marchitar esa mirada brillante e ilusionada que luces cuando te pones a leer en tu Libro de Horas.

Seré de los primeros en darme cuenta.

Manuel Iglesias

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