HABLANDO DE CINE CON… MIGUEL ÁNGEL PÉREZ BLANCO (Parte 1)

La tarde es calurosa, el calor del verano asola la ciudad. Me encuentro en una terraza del centro esperando para reunirme con Miguel Pérez Blanco compañero de la Universidad y viejo amigo. A lo lejos lo veo llegar, camina pensativo posiblemente pensando sobre EUROPA su nuevo proyecto o quizás pensando en una nueva idea. Tras un efusivo abrazo comenzamos a hablar.

Yo ya te conozco un poquito pero ¿Háblame un poco de ti?

Soy Miguel Ángel Pérez Blanco. Nací en Zamora un viernes 13 de abril, en el punto álgido de la Semana Santa. Un viernes de Dolores Jesucristo fue crucificado y mi madre me cuenta que nací llorando, que me pasé los cuatro primeros años de vida llorando. Hoy todavía lloro. Tengo una relación muy intensa con la Semana Santa, con la vida y con el cine, creo que han sido decisivas para configurar mi sensibilidad como ser humano y mi relación con el mundo. Recuerdo despertarme de niño en mitad de la noche muy preocupado porque en mis sueños insultaba a Dios, y yo, que estudiaba en colegio católico, pensaba que el Diablo iba a castigarme tarde o temprano. En la misma época conocí a mi primer amor, era una niña rubia muy guapa que por supuesto no me hacía nada de caso. Tenía siete años y me enamoré, y me sigo enamorando de todas las películas que veo como de todas las mujeres que conozco. Recuerdo también un crucifijo presidiendo la cama de la habitación de mis abuelos, un pasillo largo y estrecho, y el camino que recorría con mi abuelo hasta la parada de autobús para ir al colegio. Odiaba ir a clase, me metía los dedos en la garganta y vomitaba para fingir que estaba enfermo hasta que un día mi niñera me pilló in fraganti. Mi relación con las instituciones públicas siempre ha sido complicada. Al igual que con el cine y el amor. Aunque considero que el cine y las mujeres (mi abuela, mi madre y mi hermana, muy especialmente) me han salvado la vida. A mi primer amor no correspondido le compré una rosa, le dije a mi madre que tenía que declararme y comprarle una rosa o me moriría muy pronto. Años más tarde, cuando estaba terminando la carrera, le volví a decir a mi madre que tenía que hacer cine como fuera o me moriría muy pronto. Mi madre lo entendió muy bien y a ella le debo además de mi vida, mi cine. Hace poco una mujer me dijo que yo vivo en el cien o en el cero, que no tengo término medio. No la culpo y ya no compro rosas a las mujeres, ahora solo escribo sobre cine, como quien escribe una carta de amor o intento rodar películas. Garrel dice que comenzó a hacer películas para poder acercarse a la chica de la que estaba enamorado. No es un mal principio, porque para hacer cine uno tiene que filmar aquello que ama.

Y ¿De dónde nace tu afición por el cine?

Mi abuelo estaba muy enfermo. Yo tenía siete años y no era consciente del ciclo de la vida, de que efectivamente, podemos morirnos. Un día mis padres me llevaron a casa de mis tíos. Tenían una tele enorme en su salón donde pasaban Superman de Richard Donner. Recuerdo como volaba Superman en busca de Lois Lane para salvarla de un helicóptero enorme que descendía sobre ellos… Recuerdo los nombres:  Clark Kent, Lois Lane, Metropolis…Aquellos nombres eran de otro planeta. Y yo los comparaba con el mío y los de mi familia. Superman agarraba por la cintura a Lois, a cientos de metros del suelo, y se la llevaba más allá de las estrellas. Para mí era increíble, y lo sigue siendo, aquella imagen porque representa el lugar donde se sitúan las imágenes en el cine, y su capacidad de transformar la realidad, de hacerla mejor que la vida. Aunque si te soy sincero prefiero a Clark Kent, imperfecto, torpe. Él tiene que vivir fingiendo ser quién no es. El cine tiene algo de este disfraz porque tampoco tiene el derecho a cambiarlo todo y debe aceptar parte de la vida.

Miguel Angel Pérez Blanco

Miguel Ángel Pérez Blanco

Mi cerebro fue incapaz de decodificar la realidad y el cine. Por lo tanto el cine no nace como una afición, si no como una forma de entender la vida para luego, con los años, convertirse en una forma de vida. Mi abuelo se estaba muriendo y aquel hombre volaba por el cielo. Había descubierto un lugar que me protegía del colegio, de mis compañeros de clase que eran aburridos y no me interesaban nada, incluso de mí mismo que no sabía quién era. Luego mi hermana comenzó a llevarme al cine. Era increíble: el pasillo iluminado como una pista de aeropuerto, con todos nosotros, de niños, gritando a punto de volar hacia otro territorio. Todo aquello me permitía adoptar cierta distancia obre lo que ocurría en mi entorno por compación. Comencé a ver compulsivamente películas alquiladas en el videoclub, y mi hermana me llevaba al cine todos los sábados dos veces, entre medías procuraba ponerme enfermo durante la semana y repasaba Superman. Le obligué a mi padre a comprar un vídeo VHS solo por Superman. Y mis padres preocupados porque yo fuese a saltar por una venta (me habían comprado un traje de Batman con el que fui al estreno de la película). Mi padre me ofreció delante de todos sus amigos a que saltase desde la mesa camilla hasta el suelo. Le dije que no, que no era tonto. No sé si fue porque en ese momento era consciente de que iba disfrazado de Batman, y Bruce Wayne no tiene súper poderes por mucho que se disfrace, o porque creía que no podía volar. El cine tiene esa enorme capacidad de lucidez, de analizar la vida con lucidez, y al mismo tiempo, confundirla. Hoy yo ya no puedo diferenciar mi vida del cine.

Más tarde, con 12 años, vivía en una comunidad de vecinos en un adosado con piscina comunitaria, el sueño de la clase media española. Era el niño gordo con el que todos se metían. No era un obeso pero sí que estaba gordo, el gordo enamorado de su vecina dos años mayor que él. Otra vez el cine y el amor persiguiéndome… Así que seguía viendo películas en mi casa para que mis vecinos no me pegasen una paliza por gordo y torpe. Un día, sin querer, grabé un fragmento de una película encima de otro. Al principio me puse muy triste pero luego descubrí algo extraño: las imágenes superponiéndose, se creaba cierta escritura o gramática a partir de las imágenes de varias películas. No tenía ningún sentido el orden pero aquello me gustaba. Comencé a grabar encima de las cintas los fragmentos de mis películas favoritas hasta juntarlos. Me preguntaba qué era lo que más me fascinaba de cada película y por qué no juntar las partes más interesantes de mis favoritas en una sola. Podía ser la película perfecta para mí.

Después, cuando mis padres me compraron la Super Nintendo me pasaba horas jugando con mis vecinos al Street Fighter. Había conseguido integrarme como uno más pero era mentira, todos venían a mi casa a insultarme igualmente y se aprovechaban de la consola. Un día cansado de pasarme el juego siempre con Ryu y Ken, cansado de lo gilipollas que eran todos mis vecinos, y ante la dificultad de no poder superar los niveles con Dhalsim (que era muy lento y siendo de India me preguntaba cómo sería su final, en un mundo lejano y alucinante), descubrí un pequeño truco: jugar a dos mandos, sin que el otro jugador se mueva. Así puedes ir acabando con todos los luchadores hasta llegar a Mr. Bison (que en realidad era el más fácil de vencer). Comencé a grabar todos los finales. Tengo una cinta grabada con cada jugador porque que me parecía lo más poético del juego por los colores, porque se contaba una narración y porque eran finales felices entre tanta muerte. Así que también grabé otra cinta con finales que intercalaban peleas para encontrar un equilibrio de ambos.

Los dinosaurios ya no viven aqui

Los dinosaurios ya no viven aquí (2013). Miguel Ángel Pérez Blanco.

Bueno y ahora en que momento te encuentras ¿De dónde vienes y hacia dónde vas?

Estudié Comunicación Audiovisual, una diplomatura en Dirección de Cine en la ECAM (Escuela de Cine de la Comunidad de Madrid), un par de Masters y algunos cursos y ciclos de formación que actualmente complemento con un Doctorado en Investigación en Medios de Comunicación. Me considero un cineasta, no un director de cine, y esto implica dedicar mi vida a la práctica y a la teoría. Rodar, escribir, investigar…. Para devolverle al cine algo de lo mucho que me ha regalado, como diría Victor Erice. Aunque mi principal búsqueda es la de la forma pura, y si no rodase películas, si no buscase estas formas, probablemente no alcanzaría el equilibrio que necesito en mi vida. Las ideas son buenas, es necesario reflexionarlas pero solo con ellas no haces películas, y yo quiero hacerlas. Rodar la siguiente, y luego otra, y otra, y así hasta no poder más. Comencé a rodar cortometrajes, pequeñas prácticas audiovisuales, el año en que fui admitido en la ECAM. Mi ejercicio de segundo curso, Carretera al atlántico (2011), es el primero de una trilogía no buscada que continua con Los dinosaurios ya no viven aquí (2013) y concluye en E U R O P A, en fase de preproducción. Esta película es la más ambiciosa y compleja de las tres, cierra una etapa en mi vida (de transición) y la rodaremos durante la primera quincena de septiembre. Narra la historia de dos amantes que cruzan el tiempo. Mi pregunta es si dos almas que se aman, y que son incapaces de encontrarse, podrían hacerlo en otro lugar, en otro siglo. En otro tiempo, cuando como generación, si es que lo somos, éramos diferentes. Estaba la expectativa del Siglo XXI, de vivir de forma diferente. Mi pregunta también es, si nosotros hemos cambiado y si el cine puede cambiarlo todo. Creo que no, que debemos ceñirnos como cineastas a la realidad, que la distancia es buena pero debemos interferir en ella con cuidado, manteniendo una distancia que nos permita reflexionar. He creado una fantasía de viajes en el tiempo que lucha contra el cine de ciencia ficción. El otro día le decía a una de las jefas de producción que E U R O P A es una película de ciencia ficción en fuera de campo, un poco a la contra porque el cine de ciencia ficción plantea lugares que no son reales y no existen, y el cine es algo concreto, lo real. Por eso tampoco puedo trabajar ni trabajaré en un plató. Partir de la nada, de la abstracción no creo que sea bueno, al menos para mi cine.

En este momento tenemos que parar, las primeras cervezas se han acabado y debemos pedir más para continuar nuestra conversación.

Miguel Rodríguez

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