El maxilar del tartamudo

Contemos con que ese pedazo de mandíbula, mezclado con el serrín de un podrido cajón, alguna que otra astilla femoral, y restos moleculares de óleos de extremaunción, correspondan al ínclito Miguel.

Ya entristece y duele que se busquen los despojos, y no la manera de que los escolares de ahora mismo conozcan la gloriosa heredad literaria legada por el protagonista de una vida sombría y hasta poco ejemplar.

Verán que casualidad. En estos días finales del invierno, coincidiendo con el rastreo sabueso del Convento Trinitario madrileño, se juntaron, por pura coincidencia, pulcros y refinados, ocupando mi mesilla de noche con cervantino regusto, dos libros cervantinos.

Empezaron a surgir entre sus páginas, que ahora desvelaré, más vida, humanidad y olores cervantinos solemnes, que lo conseguido por la tropa rasca sepulcros, adoradores de corrompidas reliquias.

Mi otrora vecino Luis García Jambrina (Zamora 1960) publicó en Ediciones B, que fuera en el otoño pasado, La sombra de otro, una novela histórica, que como es el caso, cuando es buena, deleita.

No abruma Jambrina al lector con datos y fuentes, no, mejor deja fluir la conjetura o el pudo suceder de esta u otra guisa. Claro está que la pasión erudita cervantina es manifiesta. Pero la certeza biográfica es aprovechada para la recreación de escenarios, ambientes, personajes oscuros, validos y conjuras, miserias y aventuras. Así Antonio de Segura, la voz de la novela, se obsesiona temprano con aquel muchacho tartamudo aspirante a poeta, soldado, cortesano. He mencionado al narrador, cuando en realidad la protagonista no es otra que la telúrica fuerza motriz del discurrir vital del relato; la envidia.

La otra joya que espera mi regusto lector es de Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío-León 1953) otro que tal baila zarabandas vitales cervantinas. Me gustó el título publicado en Planeta; El final de Sancho Panza y otras suertes. Amigos, en su primera página se lee “Al morir don Quijote todo fue de mal en peor en aquel pueblo…” Cuando lo termine seguro que han dado con el cubito y radio del Manco de Lepanto.

Concuerda en lo que hemos devenido. Un despropósito de pueblo: alardeamos la hazaña arqueológica incierta al descubrir un maxilar anónimo, y dejamos a un lado deleitarnos con lo que aquel tartamudo nos legó.

Termino agradeciendo a sus enamorados seguidores su erudición. Vale, o adiós, como prefieran.

Manuel Iglesias

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